El país de Nelson Mandela, Madiba, está siendo protagonista de actos de violencia xenófoba y rechazo hacia la inmigración africana que avergüenzan al panafricanismo. Sudáfrica ha sido históricamente un símbolo mundial de la lucha contra el racismo. Durante décadas sufrió el régimen del apartheid, un sistema que negó a la población negra el acceso pleno a derechos civiles, políticos y recursos básicos en su propia tierra. La lucha de figuras como Nelson Mandela, Miriam Makeba y muchos otros activistas es conocida en todo el mundo.
En las últimas semanas, cientos de sudafricanos han salido a las calles de Johannesburgo, Durban, Ciudad del Cabo y otras ciudades armados con palos, piedras y distintos objetos para perseguir a población migrante procedente de países africanos como Zimbabue, Mozambique y Malaui. A estos migrantes se les acusa de “quitar empleos”, generar inseguridad y apropiarse de recursos que parte de la población considera propios.
Todos estos hechos ocurren bajo la mirada pasiva del presidente Cyril Ramaphosa, quien hasta el momento no ha logrado ofrecer explicaciones convincentes sobre el origen de las bolsas de dinero encontradas en una de sus propiedades. La oposición, especialmente Julius Malema, sostiene que el mandatario está utilizando esta crisis como una cortina de humo para desviar la atención de los casos de corrupción y del deterioro de la gestión gubernamental. Malema también denuncia la contradicción que supone permitir que ciudadanos negros expulsen y agredan a otros africanos negros mientras una parte importante de la población blanca continúa concentrando gran parte de las tierras y manteniendo privilegios en el acceso a los recursos económicos.
La crisis sudafricana es multisectorial. Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, se redujeron programas de ayuda sanitaria vinculados al VIH y la tuberculosis que recibía el país a través de USAID. Al mismo tiempo, las tensiones relacionadas con los bóeres y la distribución de tierras han vuelto a ocupar el centro del debate político y social sudafricano.
Lo cierto es que el enfrentamiento entre africanos esconde una realidad marcada por desigualdades estructurales y heridas del apartheid que persisten pese al legado de Nelson Mandela y al discurso de reconciliación nacional. En Sudáfrica, las diferencias entre población negra y blanca siguen siendo visibles en el acceso a la educación, la sanidad, el empleo y la vivienda. Gran parte de la población negra continúa viviendo en barrios empobrecidos, con altas tasas de desempleo y una fuerte incidencia de enfermedades como la tuberculosis y el VIH, compitiendo además por empleos precarios con migrantes africanos igualmente vulnerables.
Los actos de violencia y persecución contra inmigrantes africanos avergüenzan al continente y generan una profunda preocupación. Un país que durante años fue ejemplo mundial de lucha contra el racismo y la discriminación no puede convertirse en escenario de discursos de odio, persecución y violencia contra sus propios hermanos africanos.
El Gobierno sudafricano debe afrontar el problema desde su raíz y buscar soluciones reales que reduzcan la desigualdad, la exclusión social y la tensión entre comunidades. Sudáfrica no puede traicionar la memoria de décadas de lucha contra el apartheid ni poner en riesgo el legado de quienes sacrificaron sus vidas por una sociedad más justa e igualitaria.
Trabajadora social, doctorada en Administración y Política Pública por la EHU y activista por los Derechos Humanos