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Más allá de Malthus

Me refiero a Thomas Malthus, un economista británico del siglo XVIII, fundador de la demografía, quien formuló un diagnóstico sobre la población mundial que sigue siendo controvertido: no es bueno que se ayude a las familias pobres porque así tendrán más hijos y habrá más mortalidad. El resultado serán más hambrunas y guerras. La base de su argumento estaba en que, si no se pone freno a la población mundial, esta crece más rápidamente que los recursos del planeta, lo cual resulta un escenario insostenible.

El Club de Roma (1968), cuyos miembros –científicos y políticos– simpatizaban con sus tesis, planteaba limitar la población por su crecimiento demográfico explosivo en países poco desarrollados, sobre todo de ideologías comunistas. A pesar de que esta tesis tiene un sesgo político evidente, y que fue rebatida posteriormente, parte de un supuesto importante: en palabras de Nelson Rockefeller, miembro del citado Club de Roma, los estudios y proyecciones utilizados son válidos solamente en la medida de las presunciones sobre las cuales se basan, se cumplan. De hecho, no se han cumplido. No hay más que ver los avances espectaculares de la ciencia y la tecnología en pocos años, con el impacto exponencial en las posibilidades de resolver problemas y mejorar la calidad de vida en el Planeta. Otra cosa es la manera de distribuir la riqueza.

Sigo con Rockefeller: “Lo que se ventila es si la gente podrá vivir libre y dignamente o si la esclavitud, disfrazada de alguna manera, se ha de extender todavía más en vastas regiones de la tierra”. El problema actual es el mismo –injusticia– pero las amenazas provienen de otras causas. En concreto, por el crecimiento insostenible de la producción que arrasa las tripas del planeta Tierra. Y por la acumulación de bienes y riquezas en cada vez menos manos, ocasionando el incremento brutal de las desigualdades.

Añadido a lo anterior, la humanidad vive hoy otro problema acumulativo, incluso contrario a la expectativa de Malthus. Vivimos un otoño demográfico que puede llevarnos en pocas décadas a un decrecimiento de la población, con las consecuencias económicas, sociales y políticas que esto implicaría. De hecho, el Primer Mundo sufre ya este problema (lo vivimos nosotros) con una tendencia mundial de expansión poblacional que se ha ralentizado.

¿De verdad lo que sobran son personas para preservar el equilibro de la vida humana y del ecosistema? En todo caso, sobrarían quienes están esquilmando el planeta sin importarles las consecuencias del crecimiento insostenible, pauperizando a países enteros del Tercer y Cuarto Mundo, que son donde se encuentran las mejores reservas de minerales y componentes que acapara el Primer Mundo.

Siempre ha existido gente a la que le sobraba otra gente. No sobran ellos, por supuesto, sino sus congéneres de otra etnia, religión, o ideología; o gente pobre, simplemente por serlo. No, no sobran personas como concepto demográfico, sino como expresión de injusticia social. El Primer Mundo ha puesto el freno demográfico voluntario sin que nadie discuta que una civilización necesita un crecimiento poblacional del 2,2% por año, como mínimo, para no desaparecer en el tiempo. Ese crecimiento está muy lejos de ser alcanzado en la mayoría de países ricos, con lo cual algunos iluminados están propiciando, no ya que sobren los pobres, sino que la civilización desaparezca. El punto en el que estamos es que necesitamos a los emigrantes. ¿Ya no sobran? Aquí necesitamos gente de allí, y allí, en los países pobres, son mano de obra barata de un mercado cautivo para las multinacionales. Seguro que Malthus, viendo nuestra realidad, cambiaría la formulación de su teoría advirtiendo que acaparar recursos y esquilmar el planeta aumenta a un ritmo mucho mayor que las necesidades de la población. Leo una variante neoliberal del “efecto mariposa”: “un bróker aletea en Wall Street y un obrero se arruina en Daca (Bangladesh)”.

No nos descuidemos porque aquí también, en el corazón del Primer Mundo, se susurra cada vez más alto “hay gente que sobra”: ancianos, grandes discapacitados, inmigrantes sin papeles... Propongo que valoremos, sintamos y disfrutemos entre nosotros de la actual solidaridad sanitaria y social pública, y del tejido asociativo solidario, sin exclusiones.

Han pasado más de 200 años desde que Malthus aireó sus ideas, y no pocos siguen pensando que lo que urge es limitar el número de seres humanos (los más radicales hablan de laminar a quienes sobran; y no están pensando en ciudadanos de la city de Nueva York, de Madrid o de Londres. Nos faltan entendederas para convencernos de que la naturaleza es más inteligente que Wall Street y Silicon Valley juntas. Si quieres controlar la naturaleza, aprende a obedecerla, decía Aristóteles.

El pulso entre “crecimiento humano o límites a la población” y “crecimiento insostenible o límite racional de recursos”, está servido. A David Hume, Robert Wallace (malthusiano de pro) les siguen ilustres economistas, políticos y sociólogos que no trabajan con la realidad completa, quizá por sus intereses. Mi esperanza es que aprenderemos alguna vez que existen medios suficientes para administrar el planeta y las necesidades de todos sus habitantes… a condición de poner la inteligencia descomunal que hemos desarrollado al servicio de todos. Y espero también que llegaremos a tiempo.

Analista