Según el informe Evaluación rápida de los daños y necesidades en Gaza (RDNA) elaborado por la UE, la ONU y el Banco Mundial, el daño provocado por las operaciones militares israelíes y que trajeron consigo, en consecuencia, la casi total destrucción de la Franja, asciende a la friolera de 71.400 millones de dólares. La cantidad parece hasta pequeña ante el grado de ensañamiento que se ha dado en las zonas urbanas donde han reducido a polvo miles de edificios e infraestructuras. Pero a tenor de que se han producido más de 73.000 víctimas mortales, implica que por cada palestino muerto se ha producido un daño por valor de 100 millones de dólares. O lo que es lo mismo, una oda a la barbarie. Por si fuera poco, además de las frías cifras, se estima en un retroceso de 77 años el desarrollo humano de la Franja. Se dice pronto.

El cúmulo de horrores que se han dado en el pequeño territorio es tan indignante como terrible: total desprotección de la población civil, asesinatos impunes tras la coartada de acabar con Hamás (que, por cierto, sigue teniendo control sobre el territorio), políticas del hambre y un intento por parte de Israel de convertir la Franja en un lugar tan inhabitable para acabar por forzar a la población a su marcha. Faltó poco para que este éxodo tuviera lugar; únicamente el encontrar un país de acogida. Es indigno tener que escribir que el enclave se haya visto reducido a polvo y su población convertida en fantasmas entre sus ruinas, sin que se pudiera haber evitado; estando los hechos siendo juzgados, actualmente, como genocidio.

El mismo informe recogía en una frase tan amarga como desoladora la esencia de lo sucedido: “La escalada del conflicto en los dos últimos años ha provocado el colapso de sistemas que sostienen la supervivencia diaria y la dignidad de la gente”. ¿Cómo se puede justificar o concebir algo así? ¿cómo ha sido posible que sucediera? y ¿por qué no se ha podido detener tan sangrante locura? Las dos primeras cuestiones son más sencillas de responder, aunque ni mucho menos sean consoladoras. La primera. No se puede justificar de ninguna manera lo ocurrido. Ningún Estado de derecho puede pretender hacernos creer que los horrores propugnados en Gaza sean lícitos, aun cuando se persiguiera al criminal más falaz del universo. Nada puede inducir a acabar con la vida de miles de civiles inocentes, ni la matanza perpetrada por Hamás. El ojo por ojo no sólo no es válido, sino que sólo ha traído consigo un acto criminal mayor, aún más espeluznante que el que provocó la milicia palestina. La segunda. Se puede explicar tal grado de destrucción porque en Israel ha triunfado el sentido del odio. Como si los israelíes, lejos de haber aprendido algo de su propio pasado, parece que lo hayan incorporado y hecho suyo. Los nazis fueron terribles, los nuevos nazis de Hamás son igual de salvajes y sólo aspiran a acabar con el pueblo de Israel. Sólo cabe eliminarlos. En esta irracional lógica, entonces ¿qué les diferencia de ellos? Únicamente su empecinamiento de que son el pueblo elegido. Total, alimentan los mismos fuegos de la violencia y el resentimiento, una insensibilidad de tal magnitud que ha opacado los sufrimientos de los otros (los palestinos) hasta niveles indecibles. Los israelíes deberían pensar muy seriamente si no se han convertido en su propio Hanibal Lecter.

Ahora bien, la última cuestión planteada debería provocar una profunda vergüenza y bochorno a las instituciones internacionales y a los países. Israel nunca debió poder actuar como lo hizo. Los dolorosos testimonios de los gazatíes zarandeados de aquí para allá por las tropas israelíes, convirtiendo a muchos en doblemente refugiados en su tierra; viéndose afectados por una desconsideración total y absoluta hacia su vida y dignidad, y padeciendo toda suerte de privaciones, violencias y horrores, todo ello es una violación obscena del derecho internacional. El grado de devastación refleja el alto ensañamiento, hospitales y centros de salud destruidos en un 50%, y muchos de ellos desabastecidos y no dando abasto; cientos de miles de civiles indefensos ante la violencia desatada, desde bebés a niños y ancianos, mujeres, enfermos… la lista es tan larga, los efectos tan desgarradores que no se conocerá el alcance y hondura del desgarro psicológico y social que ha producido hasta dentro de varias décadas. El 60% de la población ha perdido sus viviendas y se alojan en precarias tiendas; no hay apenas alguna escuela en pie, casi todas se han visto destruidas o afectadas. Así que es otra generación perdida.

La economía del enclave se ha visto reducido en un 84%. Por si fuera poco, dentro de este áspero y amargo panorama, no parece que Israel se vaya a implicar en compensar el brutal e injusto daño infligido. Ni que vaya a pedir perdón. Pues el Gobierno de Netanyahu sigue a lo suyo. Ha aprovechado el contexto para crear otra área de seguridad en el sur del Líbano, empujando por la fuerza a otro millón de personas. Los pronósticos no son halagüeños. La alta representante para la Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, por ejemplo, señalaba que la solución de los dos Estados (considerada la única vía posible) está a años luz de concretarse. Según Kallas, todo pasa por que tanto Israel como la Autoridad Palestina cumplan con sus compromisos. Más bien por que Israel no renuncia a convertir los territorios palestinos en parte de Israel y se niega a reconocer las líneas de demarcación establecidas en los Acuerdos de Oslo de 1993. Está claro que sin la presencia de una fuerza internacional que vigile o garantice la entidad de un futuro estado palestino, éste es inviable porque que el actual gobierno israelí no permitirá que esto suceda. De hecho, se está demostrando cuáles son las actuales pretensiones hebreas. Ha expandido su dominio sobre la Franja y no parece que vaya a retirar sus fuerzas, al revés, las ha situado en modo defensivo. Tampoco van mejor las cosas en Cisjordania. Se han expandido las colonias ilegales. Todo pasa por que la ONU dé un gran paso al frente y, por de pronto, exija a Israel que pague la factura de esta barbarie y ser juzgada por sus crímenes.

Doctor en Historia Contemporánea