La sociedad influye en la forma de ser de la persona, pero es ésta quien, a través de sus decisiones, va conformando el modelo social. La actual transformación demográfica no responde a una programación política sino a decisiones personales de retrasar, reducir o incluso suprimir la natalidad. Si se quiere construir una sociedad en la que la persona sea origen, centro y destino de su organización, es preciso prepararla para que asuma sus responsabilidades. “Tenemos que crear cooperativistas antes de crear cooperativas”, señalaba Arizmendiarrieta, subrayando la importancia de formar a la persona para transformar la sociedad.

Desde las primeras decisiones tras finalizar su proceso formativo, las personas comienzan a encauzar su vida; lo hacen en solitario, guiadas por sus necesidades e intuiciones, y poco a poco van conformando un estilo de vida. La necesidad de ganarse el sustento y las alternativas que se les presentan condicionan en gran medida su orientación vital. La vida de una persona es demasiado valiosa como para dejarse arrastrar por condicionantes externos; necesita dirigirla y orientarla hacia un destino.

En la búsqueda del sentido que quiere dar a su vida, la persona debe tener en cuenta tres aspectos que emanan de la historia de la humanidad: que su generación ha recibido la herencia de las anteriores en forma de infraestructuras y conocimientos; que tiene una deuda moral con la comunidad que la ha arropado durante su periodo de formación; y que el trabajo creativo es la principal fuente del progreso. Son tres referencias que sitúan a la persona en el entorno social en el que vive.

La persona es libre y nada la determina de manera absoluta, pero debe optar entre seguir la trayectoria histórico-solidaria de la humanidad o vivir su vida sin referencias ni ataduras morales. La indecisión es la peor opción: vagar por la vida al azar, sin rumbo ni destino, es la mejor manera de desperdiciarla.

A quienes adoptan la vía solidaria se les ofrecen diversas formas de dar sentido a su vida: mediante la entrega creativa al trabajo profesional, mediante la responsabilidad de formar una familia y también mediante en la atención a las necesidades de la comunidad. Cualquiera de ellas, por separado o combinadas, puede dar pleno sentido a la vida y, además, generar un valor que trascienda a las generaciones siguientes.

La persona que opta por las vías comunitarias sabe que su bienestar está ligado al de los demás y que sus necesidades se satisfacen mejor cuando se lucha por soluciones colectivas. No aspira a ser rica en una sociedad pobre, sino a contribuir a una sociedad rica en oportunidades para todos. Es feliz en la lucha: afrontando metas ambiciosas, creando soluciones imaginativas y compartiendo anhelos y esfuerzos. Arizmendiarrieta afirmaba: “Es curioso pensar que lo mejor del triunfo sea quizá la lucha”. Se trata de la felicidad del artista en su tarea creativa, del atleta en la superación de sus marcas, del alpinista en plena ascensión. La realización personal y social da pleno sentido y razón de ser a la vida.

La dimensión espiritual

Pero, además de la dimensión social, es preciso tener en cuenta que la persona posee un alma, una dimensión espiritual que trasciende la vida material. Es el mundo de los sentimientos y los valores, de las creencias sin certezas, de las dudas: ¿hay vida tras la muerte?, ¿existe un Ser Supremo creador del universo?, ¿hay alguna intención divina que nos oriente?, ¿cuál es el sentido último de la vida? Nos adentramos así en caminos de búsqueda de la verdad, del amor, de la solidaridad y de la fraternidad, mediante creencias que ordenan y dan pleno sentido a la vida. Es dar un paso más: de “dar sentido a la vida” en su dimensión social, a la “búsqueda del sentido de la vida” en su dimensión espiritual. Las personas que alcanzan la fe integran ambas dimensiones, dan plena coherencia a su vida y la llenan de contenido, sin por ello ser inmunes a las debilidades humanas, pero con conciencia de sus limitaciones.

La formación del sentimiento comunitario en la sociedad requiere, más que prédicas vacías, transformaciones sociales coherentes que permitan avanzar por caminos comunitarios en los que cada persona y cada estamento asuman la responsabilidad que les corresponde. La formación del espíritu solidario y comunitario de la persona es condición necesaria para construir una sociedad verdaderamente humanista.