1 ¿Se han desplomado las reglas de juego (el derecho internacional) que equilibran al mundo y las instituciones del orden mundial (ONU), de tal manera que debemos adaptar nuestra visión y actuaciones a un mundo sin ellas (caos)? Creía que el todo es caos bajo las estrellas, la situación es magnífica era el mejor augurio para Mao. De esa misma lógica proviene el posterior pronunciamiento de Wallerstein: “Debemos perder el miedo a una transición que toma el aspecto de derrumbamiento, de desintegración, la cual es desordenada, en cierto modo puede ser anárquica, pero no necesariamente desastrosa. Las revoluciones incluso pueden ser revolucionarias en la medida en que promuevan tal derrumbamiento”.

La guerra

La tradición vasca ha promovido el despliegue de la vida como forma de creación de las reglas, y la operatividad de las reglas para la mejora de nuestra vida, aunque sin someter todas las circunstancias de la vida a lo que prescriben las reglas. Con esa concepción, nos ha tocado defender reglas e instituciones, aunque las viéramos limitadas para cumplir algunas de las funciones de servicio a nuestras necesidades vitales para las que fueron constituidas. Puede haber desafección o escepticismo ante un sistema legal, al que tantas veces se apela o se elude según las circunstancias favorezcan o perjudiquen. Pero, no hay peor situación, para los que no somos maoístas, que la de tener hacer frente a un derrumbe completo del orden institucional. Coherentemente, quien promueve esto último pierde el derecho a hablar, cuando le pueda favorecer, en términos de legalidad o legitimidad.

Si no hay derecho internacional (reglas) que limite el recurso a la guerra y regule el desarrollo de la misma, no puede apelarse a la amenaza ilegítima ni a la defensa legítima. En Irán, en Israel/Gaza, en Ucrania, ninguna de las posiciones podría arrogarse legitimidad alguna.

2. En todo caso, el debate sobre la legitimidad (como apelación o impugnación del derecho internacional) del actual escenario de guerras, que parece abocarnos a una situación en la que imperaría someternos a una realidad definida por una espiral de actos de fuerza, no debería llevarnos a perder los criterios de juicio que nos proporciona un orden previo, de raíz humanista, que hace referencia a la llamada guerra justa.

Desde esta perspectiva, no cabe hablar de justicia en la guerra cuando no hay causa justa que la motive en su inicio, cuando en su desarrollo se desprecie la inmunidad de los que no combaten o a su final se desemboque en una situación de paz que no mejora en términos de justicia la situación que la ha originado. No se puede obviar que se promueve la guerra sin reglas, por eso se presenta como desigual para quien quiere humanizarla.

No es la geopolítica –entendida como el gran juego de fuerzas en el ámbito global– el punto de observación más adecuado para dilucidar si una guerra se ha originado y se desarrolla de acuerdo con la promoción de la justicia. Hay que ubicarse en el mismo escenario de los acontecimientos, que es donde se deciden las condiciones de libertad de personas y pueblos, para poder evaluar la naturaleza justa de la guerra.

La apelación a la responsabilidad de proteger, difícilmente debería hacerse sin la participación activa de los directamente afectados y la representación efectiva de sus necesidades reales. Por añadidura, la amenaza de destrucción total realizada por Trump es incompatible con la reivindicación de tal responsabilidad. No es extraño que, ante eso, algunos referentes de la oposición iraní planteen abiertamente sus recelos: “En Irak, después de Sadam, hubo un gobierno caótico y guerras regionales. Lo mismo pasó en Afganistán. La guerra, en sí misma, da lugar a regímenes militares, totalitarios, poderosos y dictatoriales.”

3. No tiene buena defensa avalar la guerra contra Irán desde los anteriores puntos de la legitimidad y justicia si se dice sustentar en el desmoronamiento de las reglas o se proclaman desordenadamente causas tan diversas y contradictorias (desde la defensa preventiva, la desactivación del programa nuclear, el cambio o debilitamiento del régimen, hasta la mera oportunidad) que solo contribuyen a un mayor desconcierto.

Además, hay razones para el escepticismo ante el despliegue estratégico realizado por las fuerzas norteamericanas. En Oriente, las últimas experiencias de guerra de estas fuerzas han resultado fallidas (Irak, Afganistán) por dos razones interrelacionadas. En primer lugar, el fracaso en la integración con la sociedad local para configurar un poder local estable y duradero. En segundo lugar, sin participación de fuerzas locales que se hagan cargo con éxito de la situación sobre el terreno, las fuerzas norteamericanas no tienen capacidad de sostener una guerra prolongada.

Es un error reducir la correlación de fuerzas a una balanza de armas y medios materiales. Una superioridad táctica manifiesta no garantiza la victoria estratégica. Como efecto de tal superioridad, el punto culminante de éxito para las fuerzas mejor dotadas puede llegar pronto, pero no hay victoria definitiva si no puede ser sostenida en el tiempo. En esta discordancia de tiempos se revela la debilidad del ejército norteamericano ante las últimas guerras que ha iniciado en el Medio Oriente. El tiempo de un régimen que se sostiene sobre una opinión pública activa que vota libre y periódicamente es corto. En EEUU, cada dos años pueden cambiar las mayorías parlamentarias, que son las competentes en materia de guerra. El tiempo de un sistema clerical (en este caso) es el tiempo paciente que se sostiene en la devoción a su dios, un tiempo que aspira a ser eterno. Da toda la impresión que al régimen iraní la cohesión religiosa le dota de una gran capacidad de hegemonía interna, ejercida al estilo maquiavélico-gramsciano, mediante el recurso simultáneo al consenso y la coerción.

4. Indudablemente, nuestra pequeña comunidad está situada en una determinada geografía política (Europa) de la que formamos parte, representativa del mundo libre con el que nos identificamos. Esa situación nos genera importantes compromisos de lealtad y solidaridad, pero no seguidismos acríticos e incondicionales. Durante la posguerra europea, la afinidad vasca con el mundo libre no impidió la crítica de Agirre –a causa de la postergación que sufrió la causa de la libertad vasca por parte de los que fijaban las prioridades de la Guerra Fría– a la inmoralidad reinante en el mundo internacional, a la vez que proclamaba que “la moral es superior al realismo pícaro y que los pueblos dignos no tienen otro camino de salvación que la fidelidad a las normas éticas que el mundo civilizado admite, aunque muchas veces las desconozca” (Gabon 1955).

Se me hace difícil ver la guerra si no es desde la visión a la que accedemos desde nuestra casa. E imposible sin tener en cuenta nuestra propia experiencia, olvidando la conducta que el nacionalismo vasco planteó ante ella, buscando humanizarla. Aunque reacio a la guerra, los nacionalistas actuaron sin buenismo pacifista. En unas pocas frases, podríamos sintetizar aquella visión nacionalista ante las confrontaciones bélicas. Sólo la guerra defensiva era admisible, en ningún caso la ofensiva o la que ahora llaman preventiva. De la tradición proviene el derecho a la legítima defensa hasta los límites del territorio (la línea tradicional del árbol de Malato). Sin numantinismos ni tierra quemada, con un realismo limitado a su compromiso con la preservación del pueblo vasco (ejemplos de AHV y Santoña). Obstinación en humanizar la guerra con la contención de la dialéctica amigo-enemigo al escenario de enfrentamiento bélico, la salvaguarda absoluta de la población civil y la protección del enemigo desarmado y encarcelado. Y una convicción de que la paz mundial es imposible sin el impulso a la resolución de la cuestión social y el reconocimiento de la libertad de los pueblos.

En todo caso, cuando la guerra se convierte en el mero ejercicio de la geopolítica por otros medios, hay que tener precaución en el análisis. En el mejor de los casos, la sujeción a un relato geopolítico bienhechor nos puede colocar bajo el pensar global y actuar local de un internacionalismo que se presenta como protector, aunque las grandes potencias nacionales no dejan lugar a la posibilidad de que los pequeños participen en la determinación de sus prioridades. Así se operó bajo la bandera de la libertad frente a sus enemigos, aunque en su momento resultara decepcionante para nuestra causa resistente. Aquí, podríamos consolarnos con que la evidente aplicación hipócrita de tal relato quizás rendía homenaje a la razón democrática que ansiábamos se estableciera en nuestro territorio. En un mundo que cuestiona el orden, sin embargo, la geopolítica es la proyección global del interés de los más fuertes.

Analista