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Rubio de bote

Patxi Irurzun

Viral

ViralROBERTO GARVER /Europa press

Me deja majareto saber que un vídeo que subí a Instagram hace unos días lleva ya casi un millón de visitas. Es un vídeo viejo, que ya había compartido anteriormente: el del día que, hace unos años, fui la respuesta a la letra I del rosco de Pasapalabra (“Con la I, apellido del autor del libro La tristeza de las tiendas de pelucas). Siempre digo que esa ha sido la cima de mi carrera literaria.

El concursante, claro, no supo la respuesta. Se supone que era una de las que llaman preguntas cerrojo, las dos o tres que se incluyen en cada rosco para poner a salvo el bote (aunque, oye, La tristeza de las tiendas de pelucas fue finalista del Premio Euskadi y del Setenil, que se concede cada año al mejor libro de relatos publicados en España).

En la anterior ocasión el vídeo pasó sin pena ni gloria. Ahora, supongo que su inesperada viralidad se debe a los caprichos del algoritmo, determinados por el hecho de que dos o tres días antes una de las concursantes de Pasapalabra había conseguido llevarse a casa un bote de más de dos millones de euros.

Con todo, los cientos de miles de visitas y la ristra de comentarios que estas han dejado en mi Instagram se me antojan excesivos, así que revisando dichos comentarios caigo en la cuenta de algo que me había pasado desapercibido: el concursante de Pasapalabra era calvo, algo que unido a la alusión a las pelucas en el título de mi libro (y a que la respuesta de la letra E fuera, además, Entrada), al parecer hace mucha gracia (a mí, por el contrario me parece una simpleza y una faltada). 

Leer esas opiniones, además, ha sido como internarse en una jungla infestada de serpientes venenosas y en la que la gente se abre paso con el cuchillo en la boca, dando machetazos de manera sádica y gratuita. Por ejemplo, algunos me reprochan, con muy malos modos, que el vídeo es demasiado largo, unos veinte segundos −es decir, el doble o el triple del tiempo que por lo visto pueden permanecer concentrados−, mientras que a otros les resulta muy satisfactorio hacerme saber personalmente que el concursante no supo la respuesta porque a mí no me conocen ni en mi casa a la hora de comer.

Además de un montón de lindezas más que ya se despachan entre partidarios del antiguo presentador de Pasapalabra y del actual, entre admiradores y haters de la ganadora del bote, etc., y a las que ya no he querido entrar, por salud mental, es decir, por protegerme de esta viralidad de la que no entiendo nada, excepto que hay gente que, la verdad, creo que está muy enferma.