La intervención de los EEUU en Venezuela que se inicia a finales del mes de agosto del pasado año, con una presencia militar naval, aérea y terrestre intimidante y extraordinaria en la parte sur del mar del Caribe, ha culminado, a principios del enero del presente año, con el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro.
En ese espacio de tiempo el clima de temor y miedo ha ido creciendo, de manera especial, en los países de las riberas bañadas por las míticas aguas sureñas del mar del Caribe. En un principio, la lucha contra el narcotráfico ha sido la razón que EEUU ha esgrimido para asentarse en las costas de Colombia y Venezuela. Y como muestra de ello y hacer veraz el pretexto, durante parte de ese tiempo ha llevado a la práctica la “eliminación” extra judicial de un centenar de presuntos narcotraficantes (porque, son abominables y llenan de droga las calles de las grandes urbes norteamericanas matando a incautos ciudadanos) y algún que otro pescador (porque quizás estaba donde no tenía que estar).
El final de esa historia, ya todo el mundo la conoce: Una intervención militar “quirúrgica” con un coste de alrededor de cien muertos y la detención y rapto del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Este desenlace ha hecho correr ríos de tinta en las rotativas de todo el mundo y ha abierto los telediarios de las televisiones del planeta…
Y, como era natural, ha sido objeto del análisis de los expertos en Derecho Internacional y, también, materia de opinión de los ciudadanos de a pie, interesados en la evolución del mundo, en las redes sociales y por supuesto en la calle. Los primeros, se han movido, como es obvio, en el marco de lo jurídico viniendo a concluir, en síntesis, que esa acción militar de los EEUU ha supuesto una violación reiterada del Derecho Internacional (Carta de la ONU, Carta de la OEA, Convención Internacional de Viena…) y de sus leyes internas (requisito de la autorización del Congreso de los EEUU para una acción de esa naturaleza).
El ciudadano de a pie, lejos de los tecnicismos jurídicos y soslayando autorías “legitimadas” (si es el propio pueblo o un agente externo salvador quien debe realizar la acción), ha puesto el acento en una cuestión que ha sido troncal y recurrente en la historia del pensamiento político: la de la licitud o no del derrocamiento del tirano.
Como cuestión previa, se debería haber aclarado si Nicolás Maduro encajaba en los cánones que definen a un tirano. No obstante, con la cantidad de adjetivos con los que se le ha calificado al presidente venezolano podría hacerse una lista interminable de improperios. Solo ha faltado identificarlo con el dictador centroafricano Jean Bédel Bocassa. La conciencia mayoritaria negativa estaba creada. Al final, la divisa con la que Donald Tramp ha pretendido justificar el secuestro del, hasta ese momento, presidente venezolano ha sido la de “tirano narcotraficante” y, es la que, la mayor parte de la gente, ha comprado como cierta.
Como es obvio las posturas, a favor o en contra de la acción militar, como siempre, han tenido que ver con el grado de afectación personal del tema, más que con sesudas elucubraciones como las de los autores, –entre ellos, se sospecha del político y consejero del rey Enrique IV de Francia, Philippe de Mornay–, que se escondieron detrás del seudónimo Stephanu Junius Brutus a finales del siglo XVI durante las guerras de religión, en su obra Vindiciae contra Tyrannos (Defensa de la libertad contra los tiranos) o en el siglo XVII en Inglaterra en el entorno temporal de la ejecución del rey Carlos I Estuardo. No me detendré en la cuestión del “tirano” y la legitimidad de actuar contra él, porque al margen de lo que diga la literatura política y el Derecho Internacional sobre el tema, EEUU, siempre ha tenido su coartada, para todo tema que supusiera un obstáculo, en su camino hacia su objetivo imperial: sus intervenciones se hacen en nombre de un bien político supremo e incuestionable al que se deberá llegar mediante “su particular forma de entender la democracia”.
La construcción de un gran imperio
Pero, la historia continúa. Y sin necesidad de hacer un rebobinado exhaustivo de la misma, baste recordar las intervenciones en el tablero internacional de los distintos presidentes de los EEUU, desde el momento en el que el 2 de agosto de 1990 Irak invade Kuwait y el entonces presidente George H. W. Bush, en el contexto del proyecto de nuevo orden mundial, declaró: “EEUU debe dar un paso al frente y aceptar la responsabilidad de dirigir el mundo, lejos de la oscuridad ciega de los dictadores. EEUU es la única nación de este planeta capaz de aglutinar a las fuerzas de la paz”. Desde la llamada guerra del Golfo, todos los mandatarios estadounidenses (sean demócratas o republicanos), con un aparente (mayor o menor) respeto al orden internacional han actuado con una sola idea: La construcción de un gran Imperio. Y si miramos solo un poco hacia atrás, ¿no podemos ver esa misma idea en la Doctrina Monroe de 1823?
Donald Trump ha dado el paso definitivo escenificando sin tapujos las inveteradas intenciones de los EEUU Y, queramos o no, su objetivo es el de la materialización definitiva del Imperio occidental sobre las bases estructurales establecidas por los mandatarios que le han precedido. Y como la construcción de un imperio siempre se ha realizado por la fuerza destruyendo de manera simultánea los fundamentos que sostenían el orden anteriormente existente, el actual presidente de los EEUU no se ha molestado en recurrir a las instituciones tradicionales para legitimar sus acciones. Se ha limitado a utilizar la fuerza y buscar la justificación a través del resultado exitoso (la justificación por los objetivos conseguidos).
Ha utilizado la fuerza para la imposición de los aranceles abusivos, igualmente para la exigencia de un gasto militar desorbitado, por supuesto, con sus intervenciones en Palestina (a través de Israel) y Ucrania (a través de la Unión Europea/OTAN) y, cómo no en Venezuela. Y ha hecho visible el fundamento en el que esa fuerza se fundamenta: el yugo insoslayable de la dependencia. Así se lo hizo ver a la Unión Europea y, así se lo ha “explicado” recientemente a la América Latina.
Imagino que a estas alturas de la partida habremos tomado conciencia de que, esta, no va de Derecho Internacional, ni de Derechos Humanos, ni de defensa de la democracia, ni de soberanías…, que va de ¡¡¡ construcción de un Imperio!!! Y, en la construcción de un Imperio es preciso establecer con claridad sus límites. De ahí que el siguiente tema, que el actual presidente norteamericano ha planteado como deseo, sea el de la “adquisición” de la isla de Groenlandia situada a la derecha de la costa este de Canadá. Donald Trump tiene muy claro que en el proyecto imperial norteamericano necesita (por razones imperativas varias) del dominio de esta isla del Ártico. El dominio podría conseguirse a través de la compra o, simplemente “haciéndose cargo” de la misma. De todas formas, sea el camino por el que se opte y el estatus “glamuroso” que se le otorgue, Groenlandia, está condenada a caer bajo el yugo de la dependencia imperial
Son muchos los que creen que Donald Trump es una anomalía insospechada en la historia presidencial norteamericana. Que todo va a cambiar cuando él deje de ser presidente de los EEUU. Que las cosas volverán a lo que entendíamos como normal. Puede que sí. ¡Yo no lo creo! Porque el proyecto Imperial norteamericano, que toma el testigo del Imperio británico, no es la obra de un presidente sino, en mayor o menor medida, de todos los presidentes que han perseguido el objetivo de construir un Imperio. De ahí que pudiera decirse que el proyecto norteamericano no puede ser analizado como un cúmulo de hechos puntuales, sino como lo que es: el resultado del efecto constante de una causa objetivada.
Catedrático emérito de la EHU