Las galerías de arte del Estado cierran. Del 2 al 7 de febrero. Por huelga. Y el asunto no ocupa titulares. No hay alarma ni debate. Quizá porque una galería se percibe como una tienda “raruna”, un sitio al que se entra con pudor. El cierre viene a recordarlo al revés: muchas galerías funcionan como espacios visitables, gratuitos, abiertos y constantes. Cuando bajan la persiana, la cultura pierde.
La protesta tiene un motivo prosaico pero decisivo: la fiscalidad. En buena parte de Europa la compraventa de arte trabaja con tipos reducidos. Aquí es con el tipo general. Resultado: operaciones que se encarecen, dudas que paralizan, ventas que se van fuera. Después llega el diagnóstico solemne: no hay coleccionismo. Con este marco, lo raro sería lo contrario.
Conviene decirlo “en negritas”: apoyar a las galerías es apoyar a muchos artistas. Para una parte del sector, la galería no es un adorno ni un peaje: es el lugar que sostiene continuidad. Defiende precios, coloca obra en colecciones, acompaña carreras. Y comprar arte, además de un deseo, es una forma material de apoyo. No hay romanticismo que pague estudio, tiempo, materiales y vida.
Este país llega a este debate con retrasos viejos. El franquismo no solo censuró, también aisló. Cortó la circulación, empobreció la crítica y debilitó el coleccionismo; instaló la idea de que la modernidad era sospechosa. La democracia abrió ventanas, pero dejó inercias: legitimar fuera, comprar fuera, mirar el presente con distancia. En paralelo se levantaron museos y centros como quien levanta banderas. Hubo auge de contenedores y marca urbana. Mucha foto y poca costumbre. El arte contemporáneo sigue lejos de la vida del ciudadano medio, no por incapacidad del público, sino por una distancia construida: lenguaje blindado, mediación convertida en trámite, programación pensada para la agenda y no para la relación.
El cierre cae antes de la gran feria ARCO, cuando el sistema del arte se viste de cóctel y acreditación. En marzo se simula que todo está en marcha. En febrero se ve el nervio: salas pequeñas haciendo el trabajo cotidiano y, a la vez, siendo tratadas como comercio suntuario. También se ve otra asimetría: instituciones que recurren a préstamos y colaboraciones como si fueran gratis por defecto. Si se pide servicio público, conviene no penalizarlo por la vía fiscal.
Y luego está el mapa. En Gasteiz, ninguna galería hará huelga. No porque no haya motivos, sino porque no hay galerías de arte contemporáneo aquí. Está Artium, Montehermoso y Zas Kultur como espacio alternativo. Y eso cuenta. Pero falta el tejido diario, esa puerta se abre donde se construye relación, se crea costumbre y se sostiene una escena. Sin esa capa, el contacto entre artistas y público se vuelve episódico, y el coleccionismo local se evapora antes de nacer.
Por eso esta huelga no es solo una semana de persianas bajadas. Es una pregunta escrita en grande: si el arte se defiende de verdad, por qué se le cobra como si molestara.