No es fácil saber qué queremos en la vida, por eso nos dejamos guiar tantas veces por el radar que nos proporciona saber lo que no queremos. Es nuestra forma de ir haciendo camino hacia algún lugar que nos cuesta visualizar. Desde bien pequeños y pequeñas se nos hace la gran pregunta: ¿Qué quieres ser de mayor? Y, sin darnos cuenta, vamos sintiendo la presión de tener que decidir, de tener claro qué y quién queremos ser. A mi hijo y mi hija les he dicho muchas veces que si les preguntan qué quieren ser de mayores, respondan que quieren ser felices, que no se apuren por tener claro cómo van a conseguirlo, porque, como dijo el poeta, el camino se hace al andar, y lo que van a llegar a ser, se irá construyendo a medida que avancen. Que las grandes decisiones se van tomando a través de pequeños pasos, a través de ir sintiendo dónde se encuentran mejor, ir testando y eligiendo los lugares en los que se sientan a gusto, porque no siempre estamos a gusto en los lugares en los que alguna vez hemos soñado estar. Les digo que no elijan sus sueños precipitadamente, obligados por la presión, y que se sientan libres de cambiar de sueños, que no tienen por qué ser fieles a lo que una vez desearon, que no se queden encasillados en sus propios sueños, porque los sueños también se van transformando con el tiempo. Les he dicho, eso sí, que, en este camino sí es importante que sepan qué es lo que no quieren, qué es lo que no les conviene, lo que les hace daño o no les gusta, lo que no van a permitir. Por ejemplo, un entorno en el que sientan que no pueden ser ellos mismos o unas relaciones que coarten su libertad o quieran manipularlos. Intento quitarles presión diciéndoles que yo, a mi edad, todavía no sé qué quiero ser de mayor, pero cada día tengo más claro lo que no quiero y, que, saber lo que no se quiere es también una especie de superpoder que nos guía y nos alumbra el camino. Nunca sabremos si será el mejor, pero nos ayudará a estar a salvo de lo peor.