Ayer por la mañana le fui infiel a nuestro amado templo del cortado mañanero. No tenía el cuerpo. Desde que era un crío conocía a Iñaki Añúa. Y con el paso de los años, a lo personal se unió también lo profesional. Entre un lado y el otro, no sé decir en concreto la de veces que quedamos para comer, discutir sobre a qué temperatura se debe servir el vino, echarnos unas risas y, a veces, cabrearnos entre nosotros. Hay quien hoy, aunque no quiera decirlo en público porque quedaría mal, se acordará solo de ese genio que le caracterizaba. Y sería tan injusto quedarse solo ahí como también olvidarlo o quitarle importancia. Durante toda su vida, trabajó y también peleó por lo que creía. Aunque eso significase ponerse a malas. En ese no dejar pisarse mientras se hace lo que uno cree que debe, pocos le ganaban. No tenía el mismo arte, todo hay que decirlo, a la hora de contar anécdotas. En estos tiempos digitales en los que todo va tan deprisa, él se tomaba su tiempo para hablarte de lo que le había sucedido con este músico o con aquel otro. Y a veces daba tantas vueltas que terminabas en otra historia sin saberlo. Entonces, se reía, te guiñaba un ojo y venga, a otra cosa. Su impronta en la ciudad en la que vivimos quedará para siempre. Pero se te va a echar de menos Iñaki.
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