Tribuna abierta

¡Oh, Haití! De la esclavitud al neocolonialismo

13.08.2021 | 00:31
¡Oh, Haití! De la esclavitud al neocolonialismo

Mientras la muerte de los pobres sigue siendo demasiado silenciada en Haití, el atentado reciente contra Jovenel Moïse ha vuelto a ser motivo de la atención internacional

Aquellos 36 segundos del terremoto que se produjo en Haití en el inicio de 2010, y que ocasionó trescientas mil muertes, con los cuerpos amontonados entre los escombros, innumerables personas heridas, un millón de niños y niñas huérfanos, y destrucción de viviendas e infraestructuras, colocó en la escena internacional el dolor del país. Aunque afloraron ingentes promesas de ayuda económica en el momento del terremoto, con la intervención de numerosas ONG internacionales, muchas de ellas ya presentes en el país, a las que también en algunas ocasiones se ha cuestionado su falta de ejemplaridad, enseguida se apagó la luz, porque las ayudas apenas se han puesto en práctica, y callaron los taquígrafos, como también callaron para informar con suficiente intensidad que fueron los contingentes de la ONU quienes introdujeron en el país el cólera tras el terremoto, una epidemia que mató a diez mil personas y que infectó a ochocientas mil, especialmente en el campo.

No está de más tener en cuenta que Colón llegó a La Española el 5 de diciembre de 1492, y en menos de un siglo casi desaparecieron los pueblos indígenas taínos a causa de la explotación y las enfermedades traídas por los colonizadores. En no demasiado tiempo, la selva quedó arrasada y se cultivaron enormes extensiones de café y caña de azúcar. La esclavitud formó parte del comercio mundial en aquellas tierras, y el país se fue repoblando por la mano de obra procedente del comercio de esclavos africanos. En el contexto de ese auge de comercio ilícito de esclavos, España cedió el territorio a Francia en 1697. Allí se producía el 40% de azúcar y el 60% de café que se consumía en Europa, con mano de obra esclava, claro.

Cien años duró ese dominio francés, que además propició el surgimiento de una nueva clase social compuesta por personas mestizas, producto de las uniones y violaciones entre los dueños de las plantaciones y las esclavas que trabajaban en ellas, y que llegaron a tener una posición social más privilegiada, lo que también generó tensiones que, con el tiempo, generaron la división entre Haití y la República Dominicana.

En 1791 se inició una revolución organizada por los esclavos. François Dominique Toussaint-Louverture proclamó la abolición de la esclavitud en 1793 y lideró la insurrección hasta 1802, pero fue capturado, desterrado a Francia y ejecutado. Durante el conflicto los campos de cultivo quedaron diezmados. Los franceses fueron expulsados en 1803, y el 1 de enero de 1804 se declaró la independencia de Haití. Fue la primera rebelión de los esclavos que tuvo éxito, y el primer estado negro del mundo. El antiguo esclavo Jean-Jacques Dessalines se autoproclamó emperador de Haití con el nombre de Jacques I, pero ocasionó grandes matanzas entre la población blanca y murió en 1806, en pleno conflicto con las oligarquías mestizas. Entonces el país se dividió en dos estados separados, con el general Henri Christophe como presidente de la parte norte de Haití, y luego rey, el primer monarca de América, con el nombre de Enrique I, que reinó hasta 1820, y nombró duques, barones y condes, creando una monarquía constitucional cuyo libro de leyes, conocido como Código de Enrique, pasaba de un código basado en la esclavitud a otro basado en el trabajo libre y que, a pesar de no reflejarse mucho más allá del papel, y a pesar de sus defectos por excesos en su fastuosidad, todavía se presenta en algunos sectores como ejemplo de reino negro y modelo para la liberación de la raza negra. El general Alexandre Pétion gobernó una república completamente separada en la parte sur y suroeste del país. En 1822, Haití invadió la parte Este de la isla durante 22 años, hasta que esta zona logró su independencia en 1844, para convertirse en la República Dominicana.

El caso es que la creación de un estado exesclavo, único país nacido de una revuelta de los esclavos, tenía un significado añadido: era un agravio a la supremacía blanca y a los países europeos colonizadores que, junto con Estados Unidos, ya desde el principio, comenzaron a segar la hierba bajo los pies de esa independencia formal, pero no real. Francia, por ejemplo, en concepto de reparaciones "por los daños causados", impuso a la nueva nación una deuda que fue cuantificada en su momento por el presidente Aristide en más de 25.700 millones de euros. ¿Los verdaderamente expoliados indemnizaron a los expoliadores? ¿Por qué se ha hablado del deber de compensación a los propietarios que además se llevaron el capital de las plantaciones a Luisiana? El caso es que, además, la guerra había matado a una tercera parte de la población, las tierras habían sido quemadas, y el ganado devorado por ambos bandos. El país quedó condenado al ostracismo en el área comercial. Así actuó la Francia de la Declaración de los Derechos del Hombre, y también los Estados Unidos de la Declaración de Virginia. El caso es que, también a causa de una pobre gestión y falta de formación de los líderes, el país funcionó con una economía de subsistencia, sin planes de alfabetización, y sin crear infraestructuras. Por si fuera poco, para poder pagar las deudas a Francia, Haití contrajo nuevas deudas con Alemania y Estados Unidos.

Entre 1834 y 1915, en diversas guerras, golpes y revoluciones, 21 de sus 22 presidentes fueron derrocados o asesinados. En 1915, los marines de los Estados Unidos –¡oh, la salvación!– ocuparon el país, y durante su mandato murieron a sus manos 15.000 haitianos. Entonces, la inversión estadounidense se multiplicó por seis, y eso significó en realidad una nueva colonización del país, con la banca y la producción controladas hasta 1934. Además, vendieron las mejores tierras a inversores extranjeros y se llevaron las reservas de oro a Nueva York. Los haitianos no cerraron su deuda con Francia hasta 1947, pero el país continuó sumido en la bancarrota económica, y destinó gran parte del gasto público a seguir pagando deudas, con lo que la dependencia de préstamos y créditos internacionales se acrecentó. Es verdad que el expresidente Holland, en 2015, en su visita a Haití, dijo que Francia tenía una deuda moral con Haití, pero no habló de una deuda económica.

Para rematar la situación, en la década de 1950 un golpe de estado dio paso a la época dictatorial, más sangrienta y represiva aún, de los Duvalier, entre 1957 y 1986. El régimen ejecutó a 60.000 personas en los siguientes treinta años, primero a cargo del padre, François, y luego del hijo, Jean-Claude, exculpados ambos por los Estados Unidos, obsesionado por el triunfo de la Revolución cubana. El Haití de Duvalier vio subir la inversión estadounidense al mismo ritmo que bajaban los salarios. En los primeros años de gobierno de Papa Doc, Mohammed Fayed, padre de la pareja de Lady Di, prometió atraer capitales al país. Consiguió que le pagaran un anticipo millonario por sus servicios de mediación y desapareció. Fue el inicio de su fortuna. Cuando se exilió Baby Doc se llevó 900 millones de dólares consigo, y dejó al país en mayor miseria y endeudamiento.

En 1995, el presidente Clinton, como condición para poder recibir 24,6 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional, presionó al gobierno para que bajara las barreras arancelarias que protegían el arroz nacional, su principal fuente de ingresos. Las tarifas debían bajar del 35% al 3%. Como consecuencia, los agricultores haitianos se mudaron en masa a la capital para inundar los barrios con casas autoconstruidas. Un país que podía ser autosuficiente en materia alimenticia pasó a ser comprador de arroz. La hambruna y la malnutrición se hicieron endémicas y la falta de oportunidades en el campo se tradujo en cientos de miles de antiguos agricultores sobreviviendo en la ciudad gracias a la venta ambulante.

En las elecciones democráticas de 1990 ganó Jean-Bertrand Aristide, defensor de la justicia social y económica, pero, ocho meses después de la investidura, Raoul Cedrás dio un cruento golpe de estado apoyado por EE.UU., aunque Aristide tuvo otra oportunidad para ser elegido de nuevo en 2001, con una actuación más controvertida; pero en 2004, Guy Philippe, entrenado por las fuerzas especiales de los Estados Unidos, inició una revuelta que terminó con una nueva intervención de los marines, el segundo desalojo de Aristide, y el envío de 7.500 soldados de la ONU para mantener el orden. Aquella misión de paz de los casos azules de la ONU, entre los años 2004 y 2017, cometió numerosos abusos hacia mujeres y niños haitianos. Para colmo, en 2016, el huracán Matthew dejó un millar de muertos y daños económicos estimados en 900 millones, y el huracán de la corrupción e inestabilidad política, como constante, ha registrado más de 20 gobiernos en 35 años.

En otoño de 2019 muchos haitianos se manifestaron contra el presidente, Jovenel Moïse, elegido en 2017, porque consideraban que no solucionaba los problemas crónicos del país. ¿Cómo resolver el desempleo generalizado, los casos de corrupción, la escasez de combustible? Nada nuevo. Pero una investigación del Senado señaló en junio de 2019 que Moïse y el anterior presidente Michel Martelly eran los responsables del desvío de 3.800 millones de dólares para construir una carretera; los fondos se destinaron a la compañía Agritrans, propiedad de Moïse, que no llevó a cabo el proyecto. Desde entonces ha habido numerosas protestas, a veces muy violentas, con el objetivo de echar a Jovenel Moïse, pero sin una idea clara de qué hacer después.

En este escenario de pobreza y marginación, donde el 84% de la población haitiana se encuentra en la pobreza, y la esperanza media de vida no supera los 63 años, todo se complica con el añadido del asesinato presidencial. Aunque aparecen rostros de personas concretas que han cometido el asesinato, con nombres de empresas que contratan mercenarios..., los hilos del crimen se encuentran en planos diferentes que uno no puede precisar, pero esas altas esferas no están alejadas de los intereses económicos y geopolíticos que han asfixiado al país hasta la fecha. Para colmo, la República Dominicana ha cerrado sus fronteras a cal y canto mientras sigue con la construcción de otro muro que tendrá casi cuatrocientos kilómetros para alejar a las víctimas de la pobreza, pues ya hay más de quinientos mil haitianos residiendo en la República Dominicana, la mayor parte de ellos sin permiso de residencia.

Este pueblo haitiano, con sensibilidad para la pintura, la música, el baile, la escritura, sólo ve un túnel que sigue siendo demasiado oscuro. Jovenel Moïse no parecía ser la solución para que Haití se autogobernase, con el 40% del presupuesto nacional en manos de las Fuerzas Armadas que contribuyen a la represión contra la disidencia, y menos para que deje de depender del exterior, pero las cosas se han complicado aún más con su asesinato, y el futuro es todavía más incierto, si cabe, en contexto de pandemia.

Mientras tanto, nuestros entornos informativos juegan a buscar al asesino, y se olvidan de las puñaladas diarias que da el hambre a este pueblo tan maltratado desde tiempos inmemoriales. Se dice que es el país más pobre de América, pero también es el más desigual de América. Dicen que la zona más segura de Puerto Príncipe es Petion Ville, porque es el sector con mayor cantidad de restaurantes y centros de ocio para los extranjeros, y también para los haitianos de mayores recursos, con restaurantes de 50 dólares el cubierto, mientras en el entorno decenas de miles de personas viven bajo una lona o una placa de uralita. Claro que todo ello no es más que una radiografía de nuestro mundo.

* Escritor

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