Semana poco santa
Lo reconozco. Mi furor católico anda una mieja desvencijado. Y, así, de primeras, me molesta, porque en estos días pasados plagados de rigurosas procesiones, de espeluznantes caperuzas, de regueros de lágrimas y de pintorescos legionarios, a mí sólo se me ocurren ritos de mantel y vajilla y meditación consagrada a la ingesta desmesurada de los licores más variopintos conformados en un arcoíris de botellas singulares. Comprenderán que mi aflicción se imponga a mi gula y a mi ansia alcohólica al comprobar que mi formación catequística de los domingos por la mañana, mi experiencia como recio monaguillo en la iglesia de San Esteban Protomártir y mis múltiples clases de Religión en el colegio y en el instituto no han servido para guiarme hacia el camino designado por la Iglesia. Sin embargo, me queda el consuelo de que mi abatimiento tiene que ser generalizado. Lo escribo convencido, ya que en mis desmanes gastroetílicos de estos días tan señalados en el calendario cristiano no he estado nunca solo. Es más, diríase que en cada uno de los banquetes y rondas hosteleras en las que me tocó participar en las jornadas señaladas había cada vez más participantes. Y, lo que son las cosas, todos ellos con mis mismas inquietudes. Y ninguno venía de misa.