Goian, tontorretan, bego
la imagen de la línea roja que remontaba la cresta y súbitamente se precipitaba barranco abajo era tan elocuente como dramática. Cualquier desenlace diferente al que finalmente se confirmó habría sido un milagro, y probablemente todos los que en estos angustiosos días han tratado de llamar a la esperanza sabían en su fuero interno que Alberto Zerain y Mariano Galván se iban a quedar para siempre en el Nanga Parbat. Hace dos meses tocaba celebrar el último hito del alavés, en el Annapurna, y ahora toca lamentar que la montaña se ha vuelto a cobrar el precio más alto, que la montaña también se lleva a quienes más la respetan, porque ni juzga ni decide, porque sencillamente es un sitio peligroso que atrae a los espíritus más inquietos por el magnetismo que irradian su dificultad y su belleza. Esta tierra ha perdido a toda una generación de deportistas en las laderas más altas del planeta, y aunque en momentos como éste es natural preguntarse, como hace Juanito, qué sentido tiene todo esto, no debemos perder de vista que explorando lo inexplorado, tratando de llegar más allá, persiguiendo retos, es como avanzan las personas y las sociedades, sea en un laboratorio o en los confines del mundo. Por eso la memoria de Amundsen, de Shackelton, de Messner, de Elcano o de Iradier traspasa los siglos.