Síguenos en redes sociales:

De gratis

Aún estoy que no me lo creo. Porque, bien visto, lo que acabo de experimentar forma parte de un proceso rara avis -raro de narices en su acepción en ese castellano de proximidad que tanto abunda en tascas y en verdulerías-. Verán, entre usuales circunstancias redaccionales y reiterativas cuitas periodísticas decidí abandonar mis quehaceres diarios en la redacción en la que acostumbro a languidecer. Necesitaba respirar un poco de calle. “Un recado”, me disculpé y salí disparado a ocupar ese rincón de barra que tiene muescas labradas tras años de fricción provocada por la posición de acodamiento natural de parroquiano profesional que he adquirido con maestría. Tras apurar de un trago el mejunje que había solicitado con mi educación de colegio de pago, advertí que, de verdad, tenía que dar salida a un pequeño empeño personal y me dirigí a una óptica en la que jamás había estado. Allí empecé a alucinar. Me ofrecieron un trato exquisito y rápido y me arreglaron mis gafas de sol ajadas por mi falta de pericia, arengada ésta por el consumo de un cierto número de bebidas espiritosas un día para olvidar. Al intentar abonar el servicio, casi me da un pasmo. Todo me salió gratis. Desde entonces, soy un fan convencido del comercio de proximidad.