Ustedes perdonarán si meto el dedo en la llaga. Pero les tengo que trasladar una reflexión que me lleva reconcomiendo desde hace unos días la escasa sesera que aún me queda operativa. El caso es que en días tan sagrados, repletos de tradiciones de sentida raigambre católica, las televisiones de todo el orbe mediático estatal acostumbran a emitir casi sin descanso las imágenes de las procesiones y de los pasos de las cofradías más afamadas, todas ellas, inmaculadamente uniformadas para la ocasión y dispuestas a ser retratadas por propios y extraños. Tal es la profusión de nazarenos, tallas, plañideras y sentimientos ajenos que a uno le queda la sensación de haber comprado entrada para un parque temático para mayor gloria del regocijo espiritual y de su inherente reclamo pecuniario. Porque, o mucho me equivoco, o un gran número de pueblos y ciudades de este santo Estado han sabido explotar la imagen del sentir extremo como excusa para sacar rendimiento a sus gintonics, a sus terrazas, a sus torrijas o a su extenso parque hotelero. Dios me libre de banalizar con los sentimientos de los demás, porque creo firmemente que son sagrados, pero me da la impresión de que a veces hay que tomarse las cosas con más sentido.