la violencia de hombres contra mujeres es, probablemente, la principal lacra a extirpar en esta sociedad occidental y, sin embargo, todavía machista. Más de medio centenar de mujeres pierden la vida cada año a manos de sus parejas o ex parejas. Una barbaridad a la que no sabemos cómo poner freno a pesar de las reiteradas campañas conminando a las maltratadas a que denuncien su situación. Evidentemente, las estadísticas cantan, no se sienten protegidas. Ni tampoco es suficiente aún la repulsa social sobre aquellos hombres que siquiera se planteen abusar de su fuerza. Quiero pensar que vamos avanzando, que enfocamos cada vez mejor a nuestros hijos y que las nuevas generaciones crecerán en un clima de mayor igualdad. No lo tengo claro, no obstante. Aún percibo machismo en niños, y también en niñas, que siguen considerando a las féminas en clave de superioridad cuando no incluso de propiedad. Estamos sin duda ante un problema de educación. Pero mientras esta llega, leo que la violencia machista va dejando un reguero de huérfanos, 166 en los últimos años y hasta 500 desde 2004. Piden medidas y protección para estas víctimas colaterales de las que, sinceramente, hasta ahora no me había percatado. Mi preocupación aumenta porque queda mucho camino, demasiado, por recorrer.