Con papel de fumar
Estamos en esas, oiga. Hemos dejado de tener miedo a hacernos preguntas para pasar a tener miedo de compartir las respuestas. Expresar cualquier opinión se ha convertido en un acto heroico ante la posible avalancha de insultos de los cercanos, los conocidos y, gracias a las redes sociales, los lejanos y, sobre todo, los anónimos. La lección es muy clara. Piensa si quieres, pero no lo compartas porque la más mínima expresión fuera de lo que algún iluminado entienda por correcto te va a costar caro. Claro, la lógica dice que si no puedes compartir tus reflexiones para contrastarlas y, por lo tanto, mejorarlas, cambiarlas o difundirlas, para qué las haces. Conclusión, terminas por no pensar. Y ahí es justo donde se supone que nadie quiere llegar, pero nos encontramos en estos momentos. Da igual que hablemos del ámbito más cercano. Da igual el tema elegido. Llueven leches por todos los lados. El problema es que el vicio va creciendo como una bola de nieve y encontrar un resquicio para detener la dinámica y volver a establecer un poco de racionalidad parece complicado. El mundo va demasiado deprisa hoy. Las ganas de cagarse en el prójimo, todavía más. La mierda, ya se sabe, siempre va por delante. Y pensar da dolor de cabeza.