Síguenos en redes sociales:

Disfraz

Estamos en pleno fin de semana carnavalero. Uno de los mejores disfraces en el ranking histórico de mi memoria fue el de una cuadrilla en la Nochevieja de Pamplona disfrazada de Equipo A, con carro de la compra tuneado modo furgona negra con raya roja en los laterales y loro ochentero con la música de la cabecera de la serie en casette a todo trapo. No se podía ser más EGB. Tengo referencia testimonial -no lo vi en vivo y en directo, pero me pareció una idea brillante- de otra cuadrilla creo recordar que en unos carnavales de Tolosa que se disfrazó de paso de cebra; lógicamente, en este caso la parte performativa adoptaba un papel protagonista. En esta línea, recuerdo a otra cuadrilla en Gasteiz que iba de Tetris, magníficamente interpretado. Pensaba en todo esto, intentando recordar la parte divertida de los disfraces, leyendo sobre la última frontera del machismo rampante, ese disfraz de “enfermera sexy” para niñas que circula por ahí. Inquieta que una empresa ponga a la venta un producto así, pero aún inquieta más que haya padres y madres que lo compren. Y de esa manera tan simple, aparentemente tan inocente, un elemento lúdico acaba convertido en parte de esa gota malaya que junto a otras muchas gotas acaba por construir un modelo de mujer objeto del que esta sociedad no consigue librarse.