Pues sí. La verdad es que, en ocasiones, veo fútbol en la televisión. Y, no porque me interese en exceso, la verdad. Pero, llegado el momento, y si Sálvame Deluxe se pone muy intenso o First Dates adolece de tensión, procuro escabullirme buscando satisfacciones en el trajín de la pelotita. Aunque, a fuerza de ser sincero, cada vez que llego hasta el deporte rey necesito de la ayuda de un diccionario para reconocer lo que estoy viendo. Y eso me crispa. Verán, en mis años mozos, cuando aún lucía pelo en la cabeza y podía enfundarme una elástica sin necesidad de dejar de respirar, llegué a jugar a eso del balompié, no muy bien, pero lo suficiente como para distinguir a un balón de una patata. Aquello era sencillo. Dos equipos. Cada uno con once jugadores. Y a correr para meter más goles que el rival. O para evitar que te abriesen la mollera de una patada. Eran conceptos claros y sencillos. Ahora, sin embargo, la cosa cambia. Los comentaristas en la caja tonta hablan de encimar al rival o de embolsar la bola o de achicar espacios o de porfiar la posesión. Los medios son enganches o anclas o falsos 9 o combos o vaya usted a saber qué. Y yo, en mi sofá, cada vez que traiciono a Jorge Javier Vázquez me pregunto por qué diantres opté por estudiar Periodismo en vez de Filología.