El cliente tiene la razón
a menudo se queja la plebe de su escasa capacidad de decisión más allá de votar de vez en cuando, pero siendo esto cierto, no es menos cierto que entre todos conformamos un ejército capaz de darle la vuelta a cualquier situación si nos mueve un propósito común. El error que cometemos consiste en apelar única y exclusivamente al Sistema oficial, a los tres poderes, y no al oficioso. No tenemos como ciudadanos ni una milésima parte de la soberanía que tenemos como consumidores, pues somos libres para elegir cada día, y no cada cuatro años, a quién compramos sus bienes y servicios, y a veces, si no nos legislan en contra, hasta podemos hacérnoslo nosotros mismos. Una llamada para darse de baja de esto o cancelar el contrato de lo otro, con su correspondiente explicación razonada, multiplicada por cien mil, por un millón, puede ser más útil que tomar la Puerta del Sol, aunque quede menos épico. No es una receta que valga para todo, pero sí, por ejemplo, para cuando el poder económico se infiltra en el político, como la grasa en el chuletón; o cuando se dan situaciones de abuso manifiesto sobre el ciudadano-cliente. Se trata de tocar bolsillos y de que se sepa por qué. Pragmatismo puro, duro y efectivo, y luego ya si nos apetece nos ponemos románticos.