Pero, ¿adónde vamos?
quién me iba a decir a mí hace veinte años que en el nuevo siglo el estadista más sensato sobre el orbe iba a ser el Papa, que el mundo iba a caer en manos de un Jesús Gil de color naranja, que renacería la Rusia de los zares, que en Europa no iba a haber alternativas políticas al fascismo -al de verdad, como el de hace casi un siglo, que ahora le llamamos fascismo a cualquier cosa-, que el Mediterráneo se convertiría en un inmenso cementerio. África es un agujero negro -y no es un chiste fácil porque el asunto no tiene ni puñetera gracia- embrutecido al norte por el fanatismo religioso y al sur por la avaricia de quienes esquilman sus recursos con la complicidad de dictadorzuelos corruptos cuyos nombres desconocemos porque no son venezolanos. El mundo huele a pólvora, el sistema hace aguas, la evidente decadencia del Imperio anuncia el caos, y empieza a dar la sensación de que hemos llegado a ese momento en el que ya no se puede frenar el despegue del avión averiado, de que hemos llegado a un punto de no retorno. Lo más estable que hay hoy día en el mundo es Palestina; están igual de mal que siempre. Apelar a la sensatez de quienes dirigen el planeta resulta absurdo, inútil, y la verdad es que el escenario que se abre ante nuestros ojos acojona, y mucho.