Dios me libre de utilizar esta atalaya para airear mis descontentos con la vida. Pero, a fuerza de ser sinceros, no lo puedo evitar. Minutos antes de empezar a escribir estas míseras líneas, un personaje del que no quiero acordarme pero del que me acuerdo más de lo necesario, se plantó delante de mí con aires de familiaridad consanguínea y me obligó a devolverle el saludo e, incluso, a poner buena cara ante una conversación de corte inquisitorial, en la que él, por supuesto, interrogaba con las mañas de Tomás de Torquemada para conocer los entresijos de mi existencia. Cuando pensaba que aquello no podía ir a peor, el fulano se arremangó el hábito (metafóricamente hablando) y se despidió. Parece que llevaba prisa, lo cual me hizo pensar en aquel instante que Dios existía. Sin embargo, cuando la estela de su adiós aún se podía saborear, el muy canalla elevó el tono de su voz para desearme una plácida jornada de domingo, porque, a su juicio, trabajar dignifica, y más si se hace cuando todo hijo de vecino descansa o va a misa. Entonces caí en la cuenta de que sentirme digno no me hace gracia, y menos en días como el de ayer. Definitivamente, hay dichos que habría que erradicar para no soliviantar el ánimo de los pobres currantes que aún quedan en la viña del Señor.