Disculpen mi insistencia. Pero, dadas las circunstancias, parlotear -en este caso, juntar letras sin mimar en demasía su significado- sobre lo meteorológico se ha convertido en deporte nacional y, para qué mentir, en excusa perfecta para producir en serie esta parte del periódico por parte del que escribe y suscribe estas cuatro letras. El caso es que uno sale de casa con la lección bien aprendida y se enfrenta a los pormenores del clima con la suficiencia académica del que se ha diplomado en nubes, isobaras y anticiclones, incluyendo en cualquier conversación términos como cencellada, ciclogénesis o altas presiones como si supiese de qué está hablando. Precisamente, para rematar esos conocimientos, el refranero popular es capaz de asegurar que si enero, es el mes primero, si viene frío, es buen caballero, que en las mañanas de enero, ni se dan los buenos días ni se quitan los sombreros o que en enero se hielan las berzas en el puchero. Con el uso discrecional de estas sentencias, uno ya aspira a convertirse en referente en cualquier situación y circunstancia, en la que, llegado el caso, se puede concluir con aquello de que en enero, frío o templado, pásalo arropado, o de que en el mes de enero, se hiela la ropa en el tendedero.
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