Dicen que nunca llueve a gusto de todos. El dicho, muy enraizado en el acerbo cultural castellano, se puede extrapolar a múltiples situaciones y circunstancias, incluidas las meteorológicas, que tanto ocupan y preocupan en estos días tan agitados, en los que hay que salir a la calle después de haber cursado un máster para comprender los entresijos de las olas de frío siberiano, de las que son frías pero que llegan a estos lares desde otras latitudes menos rusas y de las sucesivas alertas de mil colores que emiten las instituciones. La sentencia también se puede utilizar para intentar comprender cómo es posible que para algunos responsables sanitarios de este gran país la atención que reciben los pacientes que han tenido la desgracia de enfermar en esta época es casi ideal, mientras que hay inquilinos en algún hospital gasteiztarra a los que no ha visitado un médico en más de dos días y medio o a los que, por la acumulación de trabajo o por la escasez de personal (o ambas cosas, o ninguna de ellas), se les ha dejado esos mismos dos días y medio sin alimentación sólida por la cancelación de pruebas previstas. En fin, lo dicho. Para unos la lluvia siempre es una bendición de Dios y, para otros, sólo una forma de calarse hasta los huesos.