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El ridículo y la miseria

cuesta entender las razones que han llevado a quien corresponda a ofrecer el tambor de oro 2017 a Àngels Barceló, ante la estupefacción de toda Donostia. En todo caso, ya ha dicho el alcalde, Eneko Goia, que mejor no hurgar en la herida, así que me limito a reseñar la anécdota únicamente para abundar en estos reconocimientos que hay que dar aunque ya no sepamos ni a quién, a veces hasta cayendo en el ridículo de tanto querer innovar. Sirva como ejemplo la ocurrencia de darle el Nóbel de Literatura a un tipo que no es escritor, y que además es más arisco que los gatos callejeros. De los Príncipe de Asturias mejor no hablar. Sí merece la pena recordar, en cambio, el último premio Sajarov a la libertad de conciencia que el Parlamento Europeo concedió en diciembre, con gran pompa y lagrimeo, a dos refugiadas yazidíes que lograron huir de Irak. Justo un mes después, la Comisión culpa a Grecia de que miles de personas que huyen de la guerra se le estén congelando en tiendas de campaña, cuando es este país, arruinado e intervenido, el que se está comiendo enterito un marrón que prometimos abordar entre todos. Con los refugiados que han llegado hasta ahora a España -el miércoles aterrizaron 85- no da ni para llenar la plaza del Machete. Igual es mejor caer en el ridículo que en la miseria moral.