Síguenos en redes sociales:

Ración de realidad

La mayor decepción de mi vida ha llegado hace apenas unas horas. Entonces, el responsable de comunicación de Sus Majestades los Reyes Magos me trasladaba in voce, con el timbre de voz rasgado por una pena infinita, que el cinturón de Pokemon -que era mi petición estrella en la carta a los soberanos de Oriente- se ha acabado y que es literalmente imposible conseguir uno (legalmente) en el mundo civilizado (o a precios que no impliquen la extirpación de un riñón). Así que, muy a mi pesar, este año me voy a tener que conformar con la Patrulla Canina. Ya tengo en mi poder una caja en la que no falta ni Chase, ni Marshall, ni Rocky. El pack incluye a Zuma, Rubble, Everest y Skye, aunque esta última me cae un poco gorda, ya que se pasa de adorable para ser una ejemplar de cocker spaniel. En fin, que como pueden comprobar, lo de fiar la suerte de uno a la magia en la noche de las ilusiones puede salir rana. O sapo, que es peor. Porque en la vida, cuando las metáforas sólo sirven para ilustrar artículos como éste que trato de estirar hasta el final, los logros, sean equipamientos, programas, inversiones o mejoras, sólo nacen del trabajo diario. Pedir es fácil y lamentarse, también. Pero ni los Reyes Magos son capaces de según qué milagros.