Leo a John Carlin en El País un artículo titulado “El año que vivimos estúpidamente”, en el que analiza la acumulación de pronunciamientos ciudadanos cuando menos sorprendentes en pos de discursos políticos, también cuando menos, cuestionables. El artículo sucede al chocante no de Colombia al Acuerdo de Paz, tras el no menos impactante apoyo del Reino Unido al Brexit o la posibilidad sobre la mesa de que próximamente Donald Trump pueda ser presidente de Estados Unidos. Modestamente y desde la distancia, me parece aventurado medir con el mismo rasero estos tres eventos que marcarán, sin duda, en buena medida este 2016 y años venideros; igual que las escalas de grises son importantes, no lo son menos las características y contextos propios de cada uno de ellos. Pero también desde la distancia, y como subraya Carlin, sí parece que los tres casos comparten líderes políticos con discursos que, a la postre, apelan al miedo del ciudadano más que a otros fundamentos en la toma de decisiones, al margen de que muchos ciudadanos decidan A o B sin tener en cuenta esos discursos. No es un fenómeno nuevo, agitar el miedo y/o apelar a él se ha demostrado como una eficaz herramienta política. Y vivimos tiempos en los que da la impresión de que estamos especialmente predispuestos a sucumbir a él.