Este verano que empieza a languidecer nos deja un debate interesante: el del turismo. Con unos datos que consolidan una larga tendencia al alza y el crecimiento de su peso en la economía vasca -en torno al 6%-, llega el temor a eso de morir de éxito, al ejemplo de Venecia que todos los entendidos ponen como lo que no hay que hacer -recomiendo los libros de Donna Leon como posible referencia al respecto-. En Euskadi, la punta de lanza de esa preocupación de acabar convertidos en una especie de parque temático sobresaturado la representan los vecinos de la Parte Vieja donostiarra, ciudad cuyo alcalde abría hace unas semanas el melón de la posibilidad de una tasa turística. ¿Cómo conciliar un innegable motor económico -y por tanto de empleo- con el mantenimiento de la idiosincrasia de un lugar y la calidad de vida de sus vecinos? He estado estos días en Barcelona y he entendido por qué muchos vecinos de esa ciudad están hasta el gorro. Lo que me lleva también a plantear qué tipo de turistas somos. Es decir, ¿viajamos para empaparnos de nuestro destino o viajamos para que ese lugar se acomode a nosotros? Entre otras cosas porque cuando una ciudad sobrepasa la línea que la convierte más en una especie de disneylandia que en una ciudad quizá empieza a dejar de ser atractiva para los visitantes.
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