Se acaban de cumplir 80 años del asesinato de Federico García Lorca. La efeméride coincide con la noticia de que la jueza argentina María Romilda Servini de Cubría ha aceptado investigar una denuncia por la desaparición del poeta presentada por La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). He recordado al leer sobre esto que escribí en su día en este espacio sobre las investigaciones abiertas en Chile para aclarar las muertes de Víctor Jara y Pablo Neruda. Escribía con envidia. Un documento de la Jefatura Superior de Policía de Granada fechado el 9 de julio de 1965 aportado en la denuncia relata que García Lorca fue fusilado junto a otra persona y define al poeta como “socialista y masón”, a la vez que le atribuye “prácticas de homosexualismo, aberración que llegó a ser vox populi”. Hay en Berlín un memorial que recuerda la quema de libros llevada a cabo por los nazis en 1933. Un cristal en el suelo desde el que se ven estanterías vacías. Y una placa: “Eso sólo fue un preludio, ahí en donde se queman libros, se terminan quemando también personas”. Han pasado 80 años y se sigue sin hacer justicia con García Lorca, igual que con tantos otros. Al menos queda el consuelo de que el arte es inmortal, aunque haya quien intente arrasarlo en una pira.