Una docena de parlamentarios británicos proeuropeos de distintos partidos -ninguno de ellos tory- ha registrado un proyecto de ley para promover la devolución de los relieves escultóricos del Partenón a Grecia. Esta Europa nuestra, decadente, espesa, desnortada, egoísta, mezquina, es un pozo de metáforas. Ahí andan estos diputados laboralistas, liberales, galeses y nacionalistas escoceses, en pleno apogeo del Brexit, defendiendo el retorno del patrimonio histórico al pig -¿se acuerdan de los PIIGS, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España?- por antonomasia, cuna de la Europa clásica; debate propuesto mientras se pasea por el mundo ese nuevo ministro británico de Exteriores pintoresco y furibundo, Boris Johnson, sobre cuyo nombramiento las versiones más condescendientes sostienen que Theresa May ha seguido el consejo de Vito Corleone de ten cerca a tus amigos y más cerca a tus enemigos. No parece que la iniciativa parlamentaria vaya a tener demasiado recorrido, más allá de agitar un poco las aguas. Siendo justos, no es éste el único caso de patrimonio artístico-histórico deslocalizado. Ahora bien, también es cierto que sería realmente hermoso poder disfrutar de esa obra de arte, de ese pedacito de la Historia, en el contexto para el que fue creado.