Sería inocente o, más bien, ingenuo pensar que las cosas antes fueron mejores. En el fondo, quizá, somos presa de la trampa que nos tiende nuestra mente, eso que mucho más sabiamente y, desde luego, con mucha mayor belleza explicó Jorge Manrique con aquello de “cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor”. Andaba en éstas echando un vistazo a la actualidad de este fin de semana de finales de julio, la represión post intento de golpe de Estado en Turquía, atentado suicida en Kabul, a la búsqueda de alguna explicación ¿razonable? para el tiroteo del viernes en Munich, todavía en shock por el ataque de Niza, el discurso de Donald Trump, flamante candidato a la Casa Blanca del Partido Republicano... Son los últimos capítulos a un largo libro no especialmente brillante, me temo, que tiene otros nombres propios, Siria, refugiados, París, Brexit, Dallas... Acontecimientos que tienen o no que ver entre sí pero que copan titulares, espacio, que escriben tiempos oscuros, tiempos poco esperanzadores, tiempos en los que cuesta pensar que estamos a finales de julio, que hoy acaba el Tour, que mañana es Santiago, que pronto llegarán La Blanca y los Juegos Olímpicos, las vacaciones... Tiempos en los que lo banal, tan humano con lo trascendental, parece más banal que nunca.
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