No sé a qué se debe. Los seres humanos tendemos a observar la vida en términos de western clásico, ya saben, indios y vaqueros, buenos y malos. Por supuesto, en estos días somos ya expertos en historia y política turcas y geopolítica con especialidad en el avispero de Próximo Oriente, faltaría más. Y hay una pregunta ante la que nos posicionamos con curiosa solvencia: ¿Erdogan, sí o no? o, reformulándola ¿a favor o en contra de que el intento de golpe de Estado del viernes hubiese triunfado? Personalmente, opinión ya digo, el presidente de Turquía me resulta un tipo bastante oscuro; me han parecido muy convenientes (para sus intereses particulares), su (creo) manipulación del conflicto con los kurdos, su papel en la crisis europea de los refugiados, su gestión militar ante la guerra en Siria y el avance del Estado Islámico y ahora su fulminante, expansiva y apabullante respuesta a la intentona golpista de... ¿de quién? Porque abundan teorías de todo tipo: militares guardianes de las esencias laicistas de Atatürk, conspiración del autoexiliado teólogo Gülen -y de ahí el siempre presente protagonismo de EEUU-, incluso un autogolpe de Erdogan para justificar la purga. Sea como fuere, hubo silencios curiosos durante las primeras horas de la intentona. Diplomacia internacional seguramente, pero ¿reveladora?
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