lo aprendimos por boca de Hannibal Lecter en el Silencio de los corderos. “Quid pro quo, Clarice, quid pro quo”. La novata investigadora del FBI trataba de sonsacar información al más terrible de los psicópatas y, pese a su superior posición moral sobre su interlocutor, aún tuvo que ceder y otorgarle algo a cambio para conseguir lo que quería. Así funciona el mundo, casi todo lo que se da es a cambio de algo. Quid pro quo, una expresión latina que en su tiempo se utilizaba como sinónimo de error o malentendido pero que en la actualidad significa dar algo a cambio de algo. Son contados los casos de desinterés absoluto y por eso son tan excepcionales aquellos que dan sin esperar nada a cambio, incluso a veces son elevados a la categoría de héroes o hasta de santos. Pero no nos engañemos, la mayor parte de las veces son considerados idiotas, pusilánimes. Nadie hace nada por nada, aunque en ocasiones la compensación consista única y exclusivamente en la satisfacción personal. Siempre que se ofrece algo -amor, favores, trabajo- se espera reciprocidad en el trato. El que ama aspira a ser amado, el que favorece espera ser favorecido y el que trabaja confía en ser pagado. No es ruin ni miserable sino lo menos que podemos esperar unos de otros. Quid pro quo.