Era salir de casa, en la Kutxi, pillar sitio junto con mi hermano a la altura del Farolón y prepararse para el espectáculo. Hostias como panes, oiga. La teoría decía que los ínclitos tenían que salir más o menos desde la iglesia de San Vicente, tomar a ras la curva para no caerse por la cuesta de San Francisco sino remontar Portal del Rey, llegar a la cuesta del Resbaladero y a partir de ahí, santiguarse, echarle un par de pelotas o de ovarios a la vida y tirar para abajo como si no fuese a salir el sol mañana. Lo del Farolón tenía su razón de ser. El 90% de los participantes no pasaban de ahí: o las goitiberas se desmontaban con la primera leche (los 80 fueron chapuceros en muchos sentidos) o los conductores se daban cuenta a tiempo de que tenían una madre que los iba a poner finos si se enteraba de lo que estaban haciendo. A la última cuesta sólo llegaban aquellos y aquellas (sobre todo había de lo primero, que nosotros siempre hemos sido más inconscientes) a los que la adrenalina les salía por tantos poros que el armagedón era imposible ya de parar. Ante aquella performance festiva, primero te reías y luego apostabas cuántos iban a terminar en Urgencias de Santiago. Benditos cafres. Y ahora dicen que las quieren recuperar. Acabáramos.
- Multimedia
- Servicios
- Participación