De vez en cuando está bien desconectar y disfrutar de la cotidianidad, pararse a mirar lo que sucede alrededor, esos pequeños ecosistemas humanos a los que en el fragor del día a día no les dedicamos demasiado interés, imaginar. 7 de julio. Una gasolinera de Pamplona. Un 7 de julio en cualquier lugar de Pamplona pueden ocurrir las cosas más surrealistas, tampoco hay que extrañarse demasiado. Pero mi momentico particular fue de una normalidad pasmosa. Paro a repostar y voy a pagar. Dos personas antes que yo en la fila, un chaval detrás de mí. Vaya, juraría que mi coche era el único repostando. Pero, amigos, las gasolineras ya no son gasolineras, son otra cosa, son prácticamente de todo. Número uno en la fila, señora, una red de patatas en ristre, “¿a cuánto está esa botella de vinagre?”. Número dos, guiri francófono pero que habla casi perfecto castellano: barra de pan, “¿has cogido chorizo y mortadela?”. “¿Tiene sangría?”. “No”. “Pues una botella de Rioja crianza”. Desconozco qué pirueta le lleva a uno de la sangría de tetrabrick a un crianza de Rioja, pero ahí estábamos. Por fin llego yo con mi lleno, qué vulgaridad. Detrás de mí, esperaba un chico que rondaría los 20. Pizza refrigerada a lo sumo para dos. Tú te has quedado solo en casa chaval.