hay veces en que a los poderosos -me refiero a los que ejercen el poder en los gobiernos- se les va la olla y pierden toda perspectiva lógica de las cosas. Se supone que son personas preparadas en un nivel superior al de la mayoría de los mortales y, si no es así, al menos sí sensatos, con visión global y conscientes de sus limitaciones para rodearse de asesores que les orienten en la buena dirección. Sus decisiones afectan a las vidas de millones de personas y, en muchos casos, a generaciones futuras que ni siquiera participaron en su elección. La responsabilidad es máxima y las excusas inaceptables. No se puede fallar en determinadas cuestiones y, si no se está seguro de poder responder a semejante exigencia, lo más honesto es renunciar al poder para que lo ejerzan otros más capaces. La guerra de Irak en la que nos involucraron George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar se basó en una mentira -armas de destrucción masiva- y sin agotar antes todas las vías pacíficas de negociación, como acaba de concluir el informe Chilcot, estudio británico independiente elaborado a lo largo de siete años de investigación. Aquella guerra fue rechazada por la sociedad occidental, pero no se le hizo caso. El aumento del terrorismo islámico es una consecuencia que estamos pagando y que pagaremos muchos años.