Cualquiera que viva al sur de los Pirineos supongo que asiste a la dimisión de un cargo político con cierta extrañeza, como algo exótico, como afrontar algún estrambótico menú en un viaje a Vietnam, por poner, que no he estado en Vietnam. En el Reino Unido, en diez días, han anunciado su dimisión el primer ministro -para octubre-, el exalcalde de Londres proBrexit y el lunes hizo mutis el líder del UKIP, Nigel Farage. Simplificando demasiado, el señor Farage o más bien el éxito de su partido fue el que acabó por convencer a David Cameron de la necesidad de convocar el famoso referéndum sobre el leave or remain por aquello de sobrevivir políticamente. Le salió redondo a Cameron... También conviene recordar que Farage es un experto en dimisiones, ya ha dejado antes el liderazgo del UKIP, así que quién sabe. Me pregunto si Farage no será el epítome del cuñadismo político. En La caza del Octubre Rojo, el almirante Painter le hace notar a Jack Ryan: “Los rusos no van a mear sin un plan, hijo”. Pues Farage -y algún otro, Boris Johnson por ejemplo- parece que te embarcan en el arca de Noé sin GPS, ni brújula, ni carta de navegación y cuando llega el momento de levar ancla, se ponen dignos y tal, tristes o satisfechos, lo que sea, y dimiten. Igual lo que viene siendo que el brownie se lo coman otros.