Somos pelín puñeteros, me temo, y con perdón. Nos hartamos desde la noche del 20 de diciembre de comentar la endiablada ensalada de números que dejaron las urnas, las complejas y, a la postre, imposibles combinaciones necesarias para poder alumbrar un acuerdo para formar gobierno; de hecho, aquí estamos ya oficialmente lanzados a la moviola de las generales, precisamente porque de aquella tarta electoral los partidos han sido incapaces -dejemos a un lado las consideraciones sobre si no han podido o no han querido o qué- de rascar nada en limpio, pero según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el 78,4% de los encuestados habría votado lo mismo aquel 20-D de haber conocido los resultados. Nos va la marcha, está claro. El dato quizá tenga dos lecturas, por lo menos: una, la benévola, habla de la fidelidad del voto de la parroquia propia de cada sigla; la otra, de las ganas de cada parroquia de ver a los protagonistas del thriller político-psicológico de la temporada sufrir un poquito más. Por partidos, los más perseverantes, al parecer, son los que recuerdan haber votado a DiL, las siglas electorales de Convergència (96,7%); los menos, los que recuerdan haber votado a Ciudadanos (79,1%). Al PP (95,2%) le va mejor que al PSOE (87,6%). Más emoción, el 26 de junio.
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