dimite José Manuel Soria, el ministro que escondía sus dineros en paraísos fiscales. Una vergüenza desde el punto de vista ético para cualquier cargo dirigente que, de un tiempo a esta parte, no hacen otra cosa que orientarnos sobre cómo apretarnos los cinturones para pasar menos hambre. El propio Soria afirmó rotundo, cuando aún no se habían conocido sus negocios en Jersey, que evadir impuestos en compañías offshore era incompatible con cualquier responsabilidad pública. Al día siguiente se destaparon sus mentiras y se fue, un gesto que “le honra” como inexplicablemente -y cínicamente- alabó la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. No sé si la dimisión compensa la evasión de impuestos, y menos si dentro de algún tiempo se confirma su fichaje por Repsol o cualquier otra compañía energética a las que tanto ha favorecido desde su ministerio. Lo que sí sé es que haría muy bien en callarse, además de irse, y dejar de soltar lindezas como que el traslado del dinero a paraísos fiscales es una maniobra ante todo “legal”. Seguramente sea así y no vaya a ir a la cárcel por ello. Pero eso no quita que su comportamiento haya sido reprobable, un ejemplo de cómo los más ricos pueden mandar un país a la mierda. Y sin dar un palo al agua, además.
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