Todo, dicen, va más o menos bien. El peibé va recuperándose, quizás no al ritmo que quisieran las patronales varias que nos rodean y los gobiernos diversos que nos gobiernan, por no decir también que nos rodean, no vayan a mosquearse por alguna de las acepciones que puede ofrecer el verbo. La recuperación está llegando, se empeñan en decir próceres de diversa condición, pero debe de estar muy lejos, porque yo no la veo por ningún lado, o deben de tener ellos, además de unas mentes preclaras, una estatura suficiente para verla llegar desde tan lejos. Lo lamentable de todos estos informes institucionales, vengan de los poderes políticos o de los empresariales, es que se mezclan con la realidad, y la realidad se empeña en ser diáfana. Nada encuentro a nuestro alrededor que ayude a pensar que la economía -esta economía, la que construyen ellos, la que con ella se enriquecen, la que manejan a su antojo, la de vender casas y sumar hipotecas, la de la globalización de la pobreza; existen otras- vaya a mejorar en los próximos años. Me parece que lo del acero terminará pronto, y su final no será especialmente feliz. Me parece que mientras tanto nadie va a buscar otras formas de vivir y trabajar. Me parece que seguimos cuesta abajo. Perdonen por no sonreír.
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