como supongo que a casi todos ustedes, me ha pasado en alguna ocasión ir a pararme a charlar con alguien a quien creía cercano y pasar él de largo con un simple saludo de cejas bastante más frío que aquel día que le interesó ser efusivo. Y también lo contrario, dedicar un saludo cortés pero distante a alguien -o ese mismo de antes- que me sorprende mostrándose de repente tremendamente afectuoso, quizás movido por algún interés. La comunidad internacional -con EEUU y la UE a la cabeza, y muchas empresas vascas a la estela- se deshace ahora en parabienes para ese gran país que es Irán. La alianza persa encierra innegables ventajas para la balanza comercial, para el juego geoestratégico en Oriente Medio o para la seguridad del mundo. Sin duda. Pero de ahí a que el hasta ahora ogro del eje del mal y la dictadura de la sharia se haya convertido en aliado de la libertad va un trecho. Al parecer, esas grúas donde se cuelgan -en sentido figurado y literal- a ladrones, herejes, malos musulmanes, mujeres casquivanas, integrantes de minorías étnicas y religiosas, homosexuales o chavales que tuitean o escuchan rock han pasado a ser peccata minuta. Ahora resulta que vemos al amigo iraní, nos abalanzamos a abrazarle al grito de ¡hombre, cuánto tiempo! y corremos a ver qué podemos venderle.
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