Estaba ya el patio revuelto el otro día en el cortado mañanero. El tema, un clásico, los ciclistas. Bueno, me evito los adjetivos expresados por los presentes porque tampoco es cuestión de escribir tacos sin razón y para ofender. Yo, como de costumbre en estos casos, con la cabeza escondida tras la taza que ya se sabe que las hostias pueden caer por tu lado cuando menos te lo esperas máxime cuando saben, por aquello de que el careto de uno aparece en esta columna, que te dedicas a la cosa del periodismo aunque ninguno tenga claro que lo tuyo es la información cultural. Bueno, a lo que vamos, que me despisto. En esto que entra otro de los conocidos en esa barra con otro de esos temas que causan furor. ¿El culpable? Un buen trozo de mierda que algún enemigo de los perros había dejado en plena Ramiro de Maeztu para que se quedase como huella del paso del tiempo. Ya saben, el clásico: zapato conoce a boñiga. Nos la enseñó. Nos la quiso hacer oler. Nos reclamó algo para limpiarla. Mierda de la buena, no crean. Algún tropezón se veía sin problema. Por supuesto a partir de ese momento se entabló una cruzada dialéctica contra los dueños, los animales, los servicios municipales de limpieza... El armagedón, vamos. Y yo pensando, mientras tanto, que ya sólo con educación la humanidad iría mejor.
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