hoy es el día. Ya sé que aunque perdamos habrá otra oportunidad, pero mejor no esperar más, ¿para qué? Hacía tiempo que no observaba tanta efervescencia en la ciudad, tanta confianza en el equipo, tanto convencimiento de que ha llegado el momento de disfrutar de nuevo en Mendizorroza. Conozco a personas que se borraron del Alavés con Piterman que hoy volverán a las gradas dispuestos a reconciliarse con su club de toda la vida. Y también sé que han comprado entradas algunos otros menos identificados, de esos que se subieron al carro en los años de bonanza y que después se apearon porque no les gusta demasiado pagar para sufrir. Por supuesto, estoy seguro de que no faltará ninguno de los irreductibles, de los que no conciben un domingo sin reservarle un par de horas a Mendizorroza. Recelos aparte -que de todo hay de los antiguos con respecto a los oportunistas- hoy es un día señalado, el día en el que el Alavés ascendió por fin a Segunda División y empezó a dejar atrás para siempre las catacumbas del fútbol. Porque yo creo que la ilusión no se ha generado tanto por el ascenso en sí -la Segunda División tampoco nos será en breve suficiente, ya lo verán- como por poder recobrar otra vez la confianza en una institución nonagenaria que parecía abocada a una muerte sin remedio hasta hace bien poco. Los aficionados han sufrido demasiado sin merecerlo; su fidelidad y apego han sido aprovechados por advenedizos que pretendían forrarse y acabaron esquilmando al club y matando, por tanto, a la gallina de los huevos de oro. No volverá a pasar. ¡Ánimo pues!