La llegada a España del viceprimer ministro de China Li Kepiag dentro de su gira europea hace dos meses coincidió con la festividad de los Reyes Magos y por los comentarios que dicha vista suscitó ("China comprará más de 6.000 millones de euros en deuda pública, más que la deuda griega, irlandesa y portuguesa junta"), amén de la firma de contratos con empresas españolas por un monto de otros 7.000 millones de euros, parece que va a ser la panacea para todos nuestros males económicos.

Los que tenemos cierta edad recordamos la China gobernada por el camarada Mao, en un país formado principalmente por campesinos y cerrado al mundo exterior. En 1976, a la muerte de Mao, el mandatario Den Xiaoping promovió la apertura al exterior de las empresas chinas y, lo que es más importante, se adopta el sistema capitalista pero tutelado por el Partido Comunista, política que se lleva en una parte del territorio, colindante con Hong Kong, lo que llamaron zonas económicas especiales, en torno al Delta del Río de las Perlas y de Shanghai. Apertura económica que no se correspondió en el plano político, de ahí la represión de las protestas de la plaza de Tiannamen en 1989.

En 1992, el crecimiento del PIB era ya del 14,2%, manteniéndose en torno al 10% en años siguientes en estas regiones protegidas. Crecimiento que ha convertido a China en la mayor potencia manufacturera del mundo, sobre todo en la fabricación de electrodomésticos y productos textiles, debido en parte a sus bajos salarios, entre los 70 y 100 euros mensuales. En la actualidad Volkswagen vende tantos coches en China como en toda Europa. Parodiando al director Luis García Berlanga en Bienvenido Mister Marshall, se podría hacer otra película pero cambiando los protagonistas de estadounidenses por chinos.

No deja de tener cierto morbo que un régimen comunista venga en auxilio del capitalismo, lo que no hay ninguna duda es que este siglo que acabamos de iniciar marca un punto y aparte. Por un lado la decadencia de USA y el inicio de la hegemonía mundial de la República Popular de China, quien fijará en adelante las reglas de las relaciones internacionales. Por méritos o deméritos de la globalización resulta que la pervivencia o no del bienestar social europeo parece depender en parte de esta potencia mundial. Por tanto, en este campo sí se pueden apuntar un tanto el Gabinete socialista por su sentido del Estado a la hora de impulsar dichas relaciones. ¡Bienvenida, Mrs. China!