Nacho Vegas (Gijón, 1974) es una de las voces más importantes del rock estatal de los últimos 25 años. Comprometido, poético, a veces irónico, siempre vinculado a su querida tierra asturiana, Vidas semipreciosas, publicado por el sello bilbaino Oso Polita, es el noveno álbum de una carrera en la que ha hecho gala de una pluma afilada y una capacidad innata para tocar la fibra del oyente. Como en otros trabajos de Vegas, el disco está plagado tanto de referencias políticas como de momentos bellos y emotivos. La conexión euskaldun es más evidente que nunca. Entre las 15 pistas de Vidas semipreciosas, destaca la versión en asturiano con sabor a western del Txoria Txori (rebautizada como Les ales). También hay un interludio en euskera de Adur Ramírez de Alda, uno de los jóvenes condenados por el caso Altsasu. La banda en directo del músico asturiano incluye además a la artista eibarresa Miren Narbaiza (del proyecto Mice) y al genial guitarrista de Bera, Joseba Irazoki.
Si el cantautor donostiarra Rafael Berrio solía buscar inspiración para sus letras en los inhóspitos campos de Castilla (“no lo sabía, pero me pega mucho que lo hiciera”), Nacho Vegas escribió los textos de Vidas semipreciosas en los concellos rurales de Piloña y Colunga. La entrevista se realiza dos semanas después de su concierto en el teatro Victoria Eugenia de Donostia el 6 de febrero. Vegas actuará con su banda el 15 de mayo en Bilbao y, al día siguiente, el 16 de mayo en la sala Jimmy Jazz de Vitoria-Gasteiz.
¿Por qué era importante que se le diera voz en el disco a una de las personas afectadas por el caso de Altsasu?
-Todos los interludios del disco parten en realidad del caso de (del grupo de trabajadoras sindicalistas) las seis de la Suiza, que estuvo muy presente en la ciudad de Xixón, donde yo vivo, y se trasladó a la calle con muchas movilizaciones de apoyo y actos de todo tipo. Toqué en algunos conciertos solidarios y para mí era muy natural que su caso apareciera en el disco. Pero este no es un hecho aislado en el Estado español, lo que me llevó a hacer un pequeño recorrido por otros casos especialmente sangrantes, como el de los chicos de Altsasu, que fue un montaje judicial y político flagrante. Gracias a una amiga pude contar con el testimonio de Adur, que ni siquiera estaba allí (cuando se produjo la pelea).
Imposible olvidarlo.
-Les jodieron la vida a unos chavales. Todos recordamos otros casos de represión en el pasado, como el cierre de periódicos o en su día también cómo una canción de Negu Gorriak (Ustelkeria) terminó judicializándose. En el Estado español siguen existiendo unas carencias democráticas muy heavies que no podemos normalizar.
Una mirada certera
A la pregunta de si el compromiso político se ha convertido en el motor creativo de su obra musical, Nacho Vegas responde que, al final, todo confluye y se entremezcla. “Para mí, hacer música es un trabajo colaborativo en el que los afectos son muy importantes”, subraya. En su banda astur-vasco-catalana hay química personal y sintonía política, reconoce, “y todo ello acaba convergiendo”. El resultado de sus canciones puede tener un contenido más o menos político, pero lo que no cambia es el lugar desde donde son concebidas. “Nacen de mis apreciaciones y obsesiones, de mi mirada hacia el mundo”, afirma. Y esa mirada tan certera y, por lo tanto, algo dolorosa de la época actual, guía sus pasos. Nacho Vegas pone como modelo tres propuestas tan distintas como la de los ingleses The Housemartins, Violeta Parra o el propio Mikel Laboa para ilustrar cómo la música puede remover conciencias desde la emoción.
¿Alguna vez se ha planteado realizar alguna colaboración con Fermin Muguruza?
-Es algo que me encantaría hacer. A Fermin lo respeto mucho, pero nunca hemos llegado a concretar nada. La última vez que nos vimos fue cuando fui a tocar a Irun (en septiembre de 2022) y me hizo un recorrido por toda la ciudad. Si algún día surge algún tipo de colaboración, debería tener un sentido y esperar a que surja algún tipo de chispa.
¿Recuerda cómo llegó a sus oídos por primera vez el Txoria Txori de Mikel Laboa?
-Perfectamente. Fue en los años 90 y yo tendría unos 17 o 18 años cuando un amigo de un amigo nos pasó una cinta con el Bat hiru de Mikel Laboa y otras canciones suyas. Me flipó muchísimo. En ese momento recuerdo también que era difícil encontrar los discos de Laboa fuera de Euskal Herria. Laboa debería ser reconocido y reivindicado como una figura universal de la canción popular, pero en el Estado español las lenguas minorizadas siguen siendo una frontera demasiado grande. Aquí con el asturiano ni siquiera tenemos el estatus de cooficialidad porque, simplemente, las instituciones le dan la espalda al pueblo.
Su versión en asturiano se aleja bastante de la canción original.
-La conexión con la llingua era una cuenta pendiente entre dos lenguas minorizadas y debía hacerlo con respeto y midiendo mucho. La versión de la maqueta era musicalmente muy parecida. Luego quise alejarla un poco de ahí, pero me daba un poco de miedo, y al tener a Joseba (Irazoki) en la banda se la pasé y busqué su validación. Para mí, es la canción más cubista del disco. Su sonido también tiene que ver con la música que hace Joseba con su grupo (Joseba Irazoki eta Lagunak), muy alejada de la canción de autor tradicional. Termina la canción y luego entra el testimonio de Adur, con ese mensaje tan bonito en euskera que hace que todo encaje.
Irazoki es un miembro fijo de su banda desde hace una década. ¿Si fuera un jugador de fútbol quién sería? ¿Quini? ¿Oyarzabal?
-(Ríe). Creo que sería Quini, porque además le apodaban el Brujo. Joseba tiene esa magia, esa brujería con la guitarra que nos deja flipando y nos sorprende a todos en cada concierto.
¿Cómo termina un músico nacido en Gijón fichando por un sello de Bilbao?
-En realidad, es por una sucesión de afectos, empezando por Bea (Beatriz Concepción, directora de Oso Polita y también vocalista del grupo de Gijón Nosotrash) y Alonso (Remedios, de la empresa Last Tour, propiedad de Oso Polita). Es gente a la que quiero mucho, también a Ane (García Bereciartu, coordinadora de prensa). También me gusta que Oso Polita sea una oficina descentralizada fuera de Madrid.
Ser un cantautor indie parecía un oxímoron en su día. ¿Ha costado normalizar que se pueda hablar de cuestiones políticas en el pop estatal?
-Ha costado un poco. La escena indie de la que yo vengo se fragua en el aznarato, del 96 al 2004, y en esos 8 años no hay una sola canción que se muestre crítica con Aznar. Era anatema hablar de política. En cambio, en la escena indie anglosajona en la que yo crecí tenían muy naturalizada el discurso antiTatcher de sus canciones. En los 90 en Euskal Herria triunfaban Negu Gorriak, pero mientras ardían las calles también había otras escenas como la del Donosti Sound (con grupos como La Buena Vida, Le Mans o Family), más de puertas hacia dentro y con canciones íntimas.
¿Cuándo llegó el cambio?
-Con el 15M. Para mí fue una bocanada de aire fresco que nació para impugnar el régimen del 78 con una serie de movimientos sociales y políticos que fue permeabilizando en la música. Pero ni siquiera en aquel momento, en la época en que salió Cómo hacer crac (2011), se normalizó del todo.