Mientras las autoridades crimeas desmantelan poco a poco los restos del Estado ucraniano en la península del mar Negro, la población de las minorías ucraniana (24%) y tártara (12%) han empezado a abandonar el enclave. Y es que tras en inicio del proceso de anexión por parte de Rusia, los acontecimientos se han precipitado en la región. "Vuelven a casa", exclamó el pasado martes el presidente ruso, Vladimir Putin, en referencia a Crimea y Sebastópol, que consideró "parte inalienable de Rusia". El mandatario ruso reconoció que "hubo momentos en los que los tártaros han pasado por problemas, y creo que hay que tomar medidas para rehabilitar a este pueblo", en referencia a las deportaciones masivas de Stalin, que acusó a este pueblo de colaboracionismo con la Alemania nazi, por lo que garantizó que la nueva Crimea seguirá siendo "ucraniana, rusa y tártara". Sin embargo, esta declaración no convence a las minorías de la península, que asisten atemorizadas al rumbo de los acontecimientos. No ayuda a calmar los ánimos la desaparición y posterior asesinato del activista tártaro Reshat Ametov, de 39 años, procedente de la región de Simferópol. Human Rights Watch ha denunciado que, el pasado 3 de marzo, mientras participaba en una manifestación en la plaza Lenin de la capital crimea fue arrestado por tres hombres no identificados con chaquetas de tipo militar. Su cuerpo, con evidentes signos de violencia, apareció el pasado domingo en la ciudad de Belogorsk, a 40 km de Simferópol.

Los tártaros se instalaron a comienzos del siglo XV en la península, donde fundaron el Kanato de Crimea, que controló la zona durante más de trescientos años bajo la protección del Imperio otomano. Pero en 1783, la península fue incorporada al Imperio ruso tras un duro enfrentamiento entre imperios. Y ahí comenzó su declive. Ya a lo largo del siglo XIX, la población tártara se redujo en dos tercios debido a que fue obligada a emigrar a territorio otomano y, en 1944, Stalin deportó a cerca de 200.000 personas a Asia central y el interior de Rusia. La mitad murió de hambre o enfermedades y al resto no se les permitió volver hasta 1989.

El resultado: hoy en día, los tártaros suponen apenas el 12% de una población de dos millones de personas en Crimea. La península es, por lo tanto, rusófona y a nadie debería extrañar el resultado del referéndum de hace diez días. "Crimea estaba más en la órbita de Rusia que otra cosa y esto no hace más que formalizarlo. Si analizamos el tema desde la Realpolitik y dejamos de lado el derecho internacional, lo que ha ocurrido no debería escandalizar a nadie", asegura Igor Filibi, profesor de Relaciones Internacionales de la UPV.

Intereses geoestratégicos "Rusia está defendiendo de una forma muy abierta sus intereses geopolíticos en la zona. Lo que está pasando en Crimea tiene características muy propias y muy claras: por un lado, está la base militar rusa, presente en Sebastópol desde hace 200 años; y, por otro, que la población que ha ocupado esa zona los últimos años es rusa. Mucha gente no entendió qué pintaban en Ucrania cuando dejaron de ser soviéticos", continúa Filibi. Y es que Crimea pertenece a Kiev desde hace apenas 50 años y por la decisión personal del dirigente soviético Nikita Jruschov, que transfirió el territorio de Rusia a Ucrania cuando ambos territorios formaban parte de la URSS.

"En Ucrania pasa un poco lo que pasó en los países africanos con la descolonización, que las fronteras de la colonia no encajaban con los grupos étnicos de cada estado. Es decir, las fronteras que ha mantenido Urania después de independizarse son las mimas que tenía cuando formaba parte de la Unión Soviética. Entonces, ¿qué nos encontramos? Que hay gente en Ucrania que se siente solo ucraniana, otra que se siente a gusto en Ucrania pero también se siente muy rusa y luego hay gente que se siente tan rusa como si estuviera en Rusia. El problema de Ucrania es que las dos zonas más importantes, Crimea por motivos geoestratégicos y el Este por motivos económicos, están habitadas por rusófonos", concluye el profesor.

El problema para Rusia era que en Crimea se encuentra la sede de la Flota Rusa del Mar Negro. En 1997, Kiev y Moscú acordaron que la Armada rusa podía tener en la base de Sebastópol (alquilada hasta 2042) un total de 25.000 marines y 388 embarcaciones, incluidos 14 submarinos. El control de estas aguas ha sido clave para Rusia desde la época de los zares, pero, desde 2004, Rusia ha ido perdiendo influencia en países ribereños del mar Negro que antes estaban bajo su órbita. Con Crimea bajo su soberanía, su base naval está asegurada.

La Nueva Crimea El arriesgado paso de Rusia ha sido condenado por Occidente, pero muy valorado entre su población, que aún hoy considera Crimea parte de su territorio. La popularidad del mandatario ruso, convertido en el zar de los tiempos modernos, ha subido como la espuma estos días y alcanza el 70-80%. La nueva Crimea comenzará a aplicar el huso horario de Moscú a partir del próximo 30 de marzo -dos horas más respecto al ucraniano- y sustituirá la grivna por el rublo ruso, aunque de forma paulatina y con un plazo de circulación hasta enero de 2016. El recién creado Banco de Crimea asegurará la circulación monetaria y el funcionamiento del sistema financiero; además, será el encargado de llevar adelante la transición de la grivna hacia el rublo. Asimismo, las empresas estatales ucranianas pasarán a manos crimeas.

El objetivo de la península es formar parte de Rusia con el estatus de república.