Puede ser. No lo niego. Me refiero a lo que infiere ese dicho sobre las comparaciones y lo odiosas que pueden llegar a ser. Pensaba justo antes de escribir estas líneas en lo mucho que ha avanzado esta sociedad y que, gracias a Dios, a la providencia o a quienes se encargan de mover los hilos que a su vez mueven el universo, cualquier tiempo pasado no fue mejor, al menos, en materia de libertades y derechos individuales en este país. Y, pese a ello y a las evidencias sobre la evolución entre el antes y el después, creo que convendría no ocultar el punto de inflexión en el que nos encontramos y lo mucho que queda por trabajar para la consolidación de los derechos civiles. Es paradójico comprobar que muchos de quienes se han encontrado con gran parte del trabajo hecho son los que más recelos muestran ante quienes han decidido vivir su libertad sin tapujos. Desgraciadamente, los púlpitos y las tribunas dan cada vez más pábulo a mensajes que transmiten odio hacia los diferentes, hacia los más vulnerables, hacia quienes piensan otra cosa, hacia quienes tienen un color de piel ajeno o hacia quienes sienten lo contrario a lo tradicional. Desgraciadamente, quienes ejercen esa animadversión de manera evidente son legión. Me temo que son malos tiempos para la lírica.
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