HAY países que tienen un ejército y hay ejércitos que tienen un país. Venezuela sigue siendo una dictadura militar bajo protectorado de los Estados Unidos. Se ha visto con notoria claridad tras el doblete sísmico del 24 de junio.

Los terremotos en Caracas no son de ahora. En 1812 hubo uno que destruyó la ciudad colonial y ante aquella destrucción, Simón Bolívar exclamó subido a las ruinas. ”Si la naturaleza se nos opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Como frase era redonda, aunque irreal, y está esculpida en una pared de la Plaza San Jacinto, pero como programa de futuro, solo es una exclamación desesperada. La naturaleza no obedece a nadie y actúa cuando quiere. Bien es verdad que respeta la casona de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, que tanto en 1812 como en 2026 sigue incólume en La Guaira, de pie, pidiendo a la naturaleza que le respete.

Viví esa sensación en Caracas en 1967. Era un sábado y caminaba por la Avda. El Libertador. De repente las casas parecían de plastilina y una se cayó mientras el suelo se resquebrajaba ante mi absoluta sensación de impotencia. ¿Dónde me meto?. Y lo peor fue cuando llegaron las réplicas. El pavor hecho angustia. En ese terremoto murieron alrededor de 300 personas, dos de ellas muy queridas por la colectividad vasca. Lucio Aretxabaleta, Delegado del Gobierno Vasco y su esposa Miren Txintxurreta, que ese día decidieron no ir al Centro Vasco como acostumbraban y, fallecieron tras el desplome del edificio donde vivían en el barrio de Altamira de Caracas. Lucio había sido el Presidente de Juventud Vasca de Bilbao en tiempos de la República, y Director de Hacienda del primer Gobierno Vasco. Los vascos quedamos conmocionados. Nos tocó de muy cerca. Como ahora.

El alcalde de Ondarroa

José Mari Solabarrieta fue el alcalde jelkide de Ondarroa durante la República. Un alcalde batallador que logró la ampliación del puerto. El 7 de octubre de 1936 el PNV le convocó para ir a Gernika a votar la candidatura del diputado José Antonio de Agirre como primer Lehendakari. Y allí fue y votó, pero ya no pudo volver a su pueblo del que era su legítimo representante. Los militares le robaron su acta democrática y le incautaron todas sus propiedades. La Caja de Ahorros Vizcaina le bloqueó sus cuentas. Nunca le devolvieron nada. Le pasó lo mismo al presidente de la Junta Municipal del PNV de Ondarroa José Luis Lecea. Le incautaron su farmacia y así como Solabarrieta tuvieron que dar con sus huesos en Venezuela, país de exilio negociado por Leizaola para el refugio jelkide. Con el tiempo un hijo de Solabarrieta, Bittor y una hija de Lecea se casaron y tuvieron cuatro hijos caraqueños, la menor Alazne Solabarrieta Lecea, fallecida en el terremoto del pasado 24, prima hermana de mi esposa Maria Esther y pariente de Ricardo Gatzagaetxeberria. Somos un país muy pequeño.

Al cierre de este escrito no sabemos la situación de M. Cruz Barriola, cuyo aita Eusebio era un gran colaborador del bergarés Jokin Inza en la aventura equinoccial de montar una radio clandestina en el Caribe. Pero sí sabemos, la tristeza de la familia del ingeniero bilbaino Jon Sustacha y la crítica a la gestión de las autoridades chavistas: ”Los accidentes naturales pasan, pero no tener un país equipado, ofrecer atención temprana o bloquear la entrada de muchos rescatistas extranjeros, si es responsabilidad del actual gobierno venezolano”.

VENEZUELA SIGUE SIENDO UNA DICTADURA

Cuento esto porque América fue la salida natural del exilio vasco. No Palestina, con todos mis respetos. Y un medio vasco se tiene que caracterizar por la búsqueda de la cercanía. Y si no, ¿para qué sirve? Ha habido elecciones en Perú y Colombia, donde hay colectividades de vascos, y EITB no ha dicho ni una palabra. No existen. La dirección internacional del medio es muy mala y no cumple los requisitos del Ente. Con Venezuela ha pasado lo mismo estos años. Solo reían las gracias de Maduro mientras parlamentarias de Bildu acudían a las elecciones fraudulentas y la misma noche certificaban que Maduro y su pucherazo era lo legal. Y con el terremoto no han mostrado el menor interés ni empatía. Para Venezuela no hay flotilla ni recogida de alimentos, mientras el Centro Vasco de Caracas se vuelca en ayuda, dejando sus instalaciones y trabajando sus socios sin horario y una familia de animadores con Josu al frente, distrae a los niños ante semejante tragedia. Afortunadamente ETB le hizo una entrevista humana a Itziar Rodríguez, a quien todos conocemos, sobreviviente del bombardeo de Gernika y de dos terremotos. Ojalá cambien el criterio informativo de este medio público.

EL ABISMO SE ABRIÓ DE VERDAD

Soledad Morillo Belloso, vive en la Isla de Margarita. Le duele Venezuela. Es periodista, escritora, cuentista, pero sobre todo venezolana. Y ha puesto el dedo en la llaga sobre las dos devastaciones que vive Venezuela, el chavismo y el terremoto.

Porque no se puede separar la política de las políticas públicas. Es una ilusión peligrosa, como creer que una casa puede sostenerse sin columnas solo porque la pintura está fresca. La política marca el rumbo, pero las políticas públicas son el camino, el asfalto, los puentes, los drenajes, los hospitales, los protocolos. Cuando una existe sin las otras, lo que se obtiene no es un país: es un espejismo. Y cuando la tierra tiembla, el espejismo se disuelve y queda a la vista la verdad desnuda.

El terremoto en Venezuela no sólo sacudió edificios: sacudió la mentira. La naturaleza hizo en segundos lo que la crítica, la academia y la ciudadanía no lograron en décadas: mostrar que el Estado estaba hueco. La tierra se movió, sí, pero lo que se vino abajo no fue obra exclusiva del seísmo; fue el resultado de años de negligencia, improvisación y corrupción. Mucha épica, nula ingeniería. Mucho discurso, cero mantenimiento. Mucha consigna, ninguna prevención. El país no colapsó por un temblor: colapsó porque llevaba 27 años siendo desmantelado pieza por pieza.

El fracaso del régimen bolivariano quedó expuesto sin anestesia. Hoy lo administra una presidente encargada que ha demostrado su incapacidad tanto en la calma como en la tormenta. Pero sería injusto atribuirle todo el desastre a ella sola. Ella es apenas la heredera de un modelo que convirtió la incompetencia en método y la corrupción en sistema. Veintisiete años de sustituir técnicos por militantes, instituciones por lealtades, planificación por propaganda. Veintisiete años de confundir política con espectáculo y políticas públicas con dádivas. Veintisiete años de creer que gobernar es hablar paja, no hacer.

El terremoto sólo terminó de romper lo que ya estaba roto. Muchos de los edificios que se desplomaron no cayeron por la magnitud del seísmo, sino por el cemento adulterado. Los hospitales que no pudieron recibir heridos no fallaron por saturación, sino por abandono. Las comunidades que quedaron aisladas no lo estuvieron por el movimiento telúrico, sino porque las vías llevaban años destruidas y porque no había equipos de rescate suficientes. Los sistemas de emergencia no colapsaron: simplemente habían dejado de existir. Y las instituciones no reaccionaron porque hace tiempo dejaron de ser instituciones; son cascarones vacíos, oficinas donde se firma pero no se gobierna. En toda esta emergencia, los despachos de la defensoría del pueblo enmudecieron. El pueblo abandonado no tuvo quien lo defendiera.

La presidente encargada quedó expuesta ante el país: sin plan, sin equipo, sin criterio, sin capacidad operativa. Pero más que un fracaso personal, lo suyo es la evidencia final de un proyecto que confundió poder con omnipotencia y terminó creyéndose inmune a la realidad. Y la realidad, cuando llega, no pide permiso.

En Chacao y Baruta la atención fue distinta, casi un recordatorio de que cuando las instituciones funcionan, aunque sea a escala municipal, la diferencia se nota. En medio del caos, mientras el país entero buscaba a tientas una respuesta que el gobierno central no dio, los organismos municipales actuaron como debían: con rapidez, con orden, con presencia real en la calle. Protección Civil, bomberos, policías locales, cuadrillas de rescate y voluntarios se desplegaron sin esperar instrucciones, más allá de las cámaras, sin discursos prosopopéyicos. A pesar de la crisis económica de la que no escapan los municipios, hicieron lo que corresponde cuando la tierra se abre y la gente queda vulnerable: asistir, contener, rescatar, acompañar. No hubo improvisación, hubo oficio; no hubo propaganda, hubo trabajo. En esos municipios, al menos por unas horas, se vio lo que significa tener instituciones que entienden su deber y lo cumplen, incluso cuando el país alrededor parece desmoronarse.

De las Fuerzas Armadas, nada que decir. No existen. No estuvieron, no aparecieron, no se hicieron sentir ni en la calle ni en la coordinación ni en la contención. En un país que lleva décadas oyendo que la Fuerza Armadas Nacionales Bolivarianas es “el pueblo en armas”, lo que se vio fue exactamente lo contrario: un vacío. Mientras los municipios hacían su trabajo y los ciudadanos se organizaban como podían, la institución que debería ser columna vertebral en emergencias quedó reducida a una sombra burocrática, un uniforme sin cuerpo. No hubo despliegue, no hubo logística, no hubo presencia operativa. Y en un momento en que cada minuto contaba, su ausencia fue un estruendo. Un país puede perdonar errores, pero no puede sobrevivir a unas Fuerzas Armadas que sólo existen para la ceremonia y el desfile y nunca para la emergencia.

La solidaridad de la ciudadanía es encomiable, sin duda. Habla bien de los venezolanos, de esa capacidad casi instintiva de organizarse, de tender la mano, de aparecer donde el Estado no llega. Pero esa virtud no puede convertirse en coartada. El Estado no puede lavarse las manos ni pretender delegar en la sociedad lo que es su exclusiva responsabilidad. La gente ayuda porque tiene corazón, porque no soporta ver al otro caer; el Estado debe ayudar porque es su deber, porque para eso existe, porque para eso recauda, administra, planifica. Cuando la ciudadanía sustituye al Estado, algo está profundamente roto. Y cuando el Estado se acostumbra a que la ciudadanía lo sustituya, el país entero queda en riesgo. La solidaridad es un orgullo; la desresponsabilización institucional, una vergüenza.

Si a la señora presidente encargada le queda un mínimo de pundonor, de sentido de Estado, de conciencia histórica, pasada la emergencia debe presentar su renuncia. No como un gesto político, sino como un acto de decencia. Porque gobernar no es ocupar un cargo: es sostener un país, un pueblo. Y Venezuela, hoy, está rota. Rota por el seísmo, sí, pero sobre todo por 27 años de decisiones equivocadas, negligencia acumulada y corrupción institucionalizada.

La política sin políticas públicas es humo que asfixia. Las políticas públicas sin política son un manual empolvado que nadie abre.

Esta vez el vacío no fue metáfora: el abismo se abrió. Y si seguimos bajo la égida de este régimen, la próxima emergencia —que llegará, porque siempre llega— no sólo nos golpeará: nos borrará.