La religión ha estado detrás de muchas de la guerras libradas a lo largo de la historia de la humanidad. Hoy sigue motivando multitud de conflictos, desde la ocupación de tierras por parte de colonos israelíes al latente terrorismo islámico. Bajo la fe se han ocultado siempre intereses económicos, discursos patrióticos y radicalismos xenófobos. En el ataque a Irán no se utiliza como excusa pero no significa que la religión no siga presente. Si antes se enarbolaba un libro sagrado para emprender la batalla ahora se le atribuyen propiedades divinas al comandante en jefe. Hablo de la guerra en Oriente Medio pero no del régimen de los ayatolás. Me refiero al bando agresor, al que muchos siguen vendiendo como faro de occidente y como ejemplo de democracia liberal pese a sus cada vez menos disimuladas miserias. Trump lidera al mayor ejército del planeta al tiempo que nombra asesora de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca a una telepredicadora que no duda en compararle con Jesucristo para regocijo del magnate. Una escena para la historia más infame de la Casa Blanca que se suma a la de la imposición de manos sobre el presidente por parte de una veintena de pastores evangélicos en el despacho Oval hace unas semanas. Demasiado tarda Europa en limitar los lazos con un aliado decadente cuya subsistencia pasa por la sumisión del resto.