Pronto se cumplirá el aniversario de la muerte de Miguel Hernández. Murió en prisión el 28 de marzo de 1942. Tenía 31 años. Ha coincidido que estos días he leído sobre los últimos días del poeta alicantino y sobre los esfuerzos de su mujer, Josefina Manresa, para preservar su obra. Leer a Miguel Hernández siempre es una buena idea. “Alarga la llama el odio / y el amor cierra las puertas. / Voces como lanzas vibran, / voces como bayonetas. / Bocas como puños vienen, / puños como cascos llegan”, escribió con una visión preclara y tan dura como bella en su poema Guerra, de Cancionero y romancero de ausencias. Así empiezan las guerras, “alarga la llama el odio”. “Pasiones como clarines, / coplas, trompas que aconsejan / devorarse ser a ser, / destruirse, piedra a piedra”. Eso es la guerra. “Después, el silencio, mudo / de algodón, blanco de vendas, / cárdeno de cirugía, / mutilado de tristeza. / El silencio. Y el laurel / en un rincón de osamentas. / Y un tambor enamorado, / como un vientre tenso, suena / detrás del innumerable / muerto que jamás se aleja”. Es difícil decir más y mejor: “El silencio. Y el laurel en un rincón de osamentas”. Eso es lo que queda tras la guerra. Haríamos bien en recordarlo en estos tiempos de alentar el odio y de recurrir a la guerra como respuesta.
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